Rafael Oyarte | Placas de papel
Hacerse una ‘placa de papel’, entonces, servirá hasta para burlar fotorradares
Es increíble que, en el segundo cuarto del siglo XXI, en nuestro país se entreguen, alegremente, hojas de papel impresas con el número de identificación del vehículo y no una placa metálica. Si sumamos el estado en el que la delincuencia nos tiene, eso es inaceptable: forjar o falsificar un papelito de esos no tiene ninguna complejidad. Decir que ello implica incurrir en el delito de falsificación, con sus terribles penas, es no considerar que un delincuente dispuesto a matar no se fija, para ello, en las ineficaces penas establecidas en el Código Integral Penal. Si así fuera, no tendríamos un 2025 con casi 11.000 muertes violentas (no hay esa cantidad de procesados y, menos, de condenados). Hacerse una ‘placa de papel’, entonces, servirá hasta para burlar fotorradares y violentar el cuasisacro ‘pico y placa’ que rige en Quito, la más grave, perseguida y casi única infracción en la capital, al extremo que, fuera de esos horarios, el control de tránsito por los agentes de la AMT se vuelve casi inexistente.
Después del asesinato del guardia de seguridad, por delincuentes que estaban asaltando a clientes del local que resguardaba, se hizo toda una parafernalia en el sector: innumerables policías y agentes de tránsito que, pasado el drama, desaparecieron, pero que, en su momento, requisaron decenas de motos que circulaban irregularmente. Hoy, como ayer, innumerables vehículos de esa clase transitan, si es que, con placas de papel metidas en un plástico opaco y los que las tienen metálicas, las instalan de modo vertical, dificultando su identificación, como lo hacen otros vehículos que las cubren con portabicicletas o cualquier otro artilugio que impida su visualización. ¿Vehículos ‘oficiales’ sin placas? El pan del día y, encima, con vidrios polarizados para que no se pueda ver quién es el ilustre burócrata desconocido que es transportado con chofer estatal.
Sumemos la entretenida recomendación de una agencia de tránsito a los propietarios de vehículos en el sentido de que ellos mismos reparen las placas, repintándolas, y confirmaremos la ilusoria vigencia del principio de responsabilidad, anulando el de control y haciendo de la ley ineficaz. El Estado de derecho comienza en la calle, pero acá lo dejamos como una cosa académica y filosófica.