Rafael Oyarte | Meter la pala
Lo primero es reconocer que estamos metidos en un tremendo problema
… y dar vuelta la tierra. Fue la cruda expresión que a inicio de los 90 usó el entonces agregado policial chileno en Guatemala, Gral. Claudio Veloso, cuando en ese país, directamente, le preguntaron cómo podían convertir su Policía, tachada de ineficiente y corrupta, en una institución como Carabineros de Chile. Pero ese fue solo el primer paso, necesario, pero no suficiente, pues en esa nación los políticos se las arreglaron para volver a dañar lo que, poco o mucho, se había arreglado o que iba en vías de mejorar. Llegaron al punto de necesitar la conformación de una Comisión Internacional contra la Impunidad, cosa que para el Ecuador promueven destacadas personalidades, como Jorge Alvear.
Lo primero es reconocer que estamos metidos en un tremendo problema: instituciones en debacle, la creciente penetración del narcotráfico y el asentamiento de peligrosos grupos delincuenciales, una corrupción galopante y la arbitrariedad que se consolida en todo orden de cosas, entre tantos otros males. Y la respuesta no es solo hacer lo que hemos venido haciendo: ver a quién culpar, generando la competencia de quien es o ha sido el más impresentable, ineficiente e ineficaz. Con eso no arreglamos nada. Nosotros admitimos dejar en la obsolescencia los medios de nuestras FF.AA. Nosotros dejamos debilitar nuestra Policía. Nosotros resignamos que impreparados e ignorantes sean favorecidos en las elecciones populares y que los concursos para designar autoridades sean, cada vez más, un chiste mal contado. Nosotros permitimos que correctos funcionarios y buenos ciudadanos sean arrollados por cualquiera que, con algo de poder, los desprecia. De las universidades, que es de donde sale gran parte del funcionariado, especialmente de las facultades de Derecho, mejor ni hablemos.
Comencé esta columna refiriéndome a un funcionario de Carabineros de Chile, institución ejemplar en nuestro continente (no perfecta, como cualquier obra humana) que intentó ser destruida por el grupo de incompetentes que hoy gobiernan esa nación, de no ser porque la ciudadanía reaccionó a tiempo para impedirlo. Esa misma es la obligación de todos y cada uno de nosotros: no esperar nada del resto, menos aún de los políticos, sino de uno mismo. Con eso daremos los primeros pasos para salvar a nuestro país. De no hacerlo, ahí está Haití, como modelo de lo que, irremediablemente, seremos. A meter la pala y seguir, entonces.