Rafael Oyarte | Cero tolerancia
Tolerancia cero es no dejar pasar nada: si se es permisivo con lo poco, al rato se lo es con lo mucho
Esa frase hecha parece tan vacía como la de ‘llegar hasta las últimas consecuencias’, dicho lo cual no se llega ni a las primeras consecuencias. Cero tolerancia no es ‘gatillo fácil’, en que caen todos, inocentes incluidos. Cuidado y las circunstancias nos hagan descender a ello, con el aplauso de una ciudadanía que, aburrida de la delincuencia, entregue, temerosamente, el poder absoluto a un totalitario. Tolerancia cero es no dejar pasar nada: si se es permisivo con lo poco, al rato se lo es con lo mucho. Esa discrecionalidad, convertida en arbitrariedad, hace ver al ciudadano que, si lo sancionan, es porque le tienen ojeriza: por qué a mí, si al otro que hace algo peor no le pasa nada. La cero tolerancia es con todo, para todos y en todos los casos. Conduces un vehículo sin identificación, o vas en moto entre carriles, sanción y punto. Toda falta lleva a una consecuencia, como regla general y no como excepción. En una política de cero tolerancia, ni tu riqueza ni tu pobreza te salvan. No es que eres ‘hijo de’ o el clásico ‘no sabe quién son yo’ y ya. Es más, ese intento de influencia ilegítima empeora las cosas. Y el otro lado tampoco: soy pobrecito y me tienen que aguantar. Nada.
Acá se mata, se roba, se incurre en actos de corrupción, porque es gratis. No se denuncian delitos menores (robo de celulares) porque es inútil. Se venden artículos robados y se los compra, porque, pese a ser delito (receptación) no se lo persigue. Pero eso también pasa con delitos mayores: ¿cuántos asesinatos hay al año y cuántas condenas se producen? Para una política de tolerancia cero real, que no se convierta en instrumento de persecución o de impunidad selectiva, se debe tener instituciones depuradas, por lo que esa política comienza ahí: un juez que es presionado y no denuncia, como es su deber, debe implicar consecuencias para los dos. ¿Podemos hacer eso? ¿Estamos aún a tiempo? Porque pedir colaboración internacional debe considerar que organismos como la ONU no son, precisamente, dechados de virtudes, ni mucho menos. Importar desviados sería de lo más triste. Gente buena, correcta y (ma)dura, que puede iniciar esa política, existe. El problema será el que dirige la institución: si está comprometido o simplemente es un pusilánime, poco se puede lograr. O lo hacemos, o desaparecemos como nación.