Columnas

Las primeras lecciones

'A ratos el país parece una nación con 221 republiquetas, donde cada alcalde dicta sus disposiciones por vanidad’.

Es temprano para sacar conclusiones definitivas sobre la experiencia que estamos viviendo, sin embargo ya tenemos suficientes elementos para ir fundando algún aprendizaje.

1) En países como el nuestro el nivel de institucionalidad es tan frágil que si no es por las iniciativas del sector privado para afrontar una crisis como esta, nos quedamos paralizados. Por cierto, no es que el gobierno sea débil o fuerte, porque lo mismo pasó en el terremoto de 2016; también ahí la reacción del sector privado empresarial fue mucho más rápida que la del Estado.

2) Es poco posible la instrumentación de las acciones del sector privado sin la coordinación con el Estado. La posibilidad para cubrir con ayuda a la mayor cantidad de gente solo se puede hacer cooperando, y además integrando a organizaciones no gubernamentales, que desafortunadamente en gran medida se debilitaron en los últimos años.

3) La Iglesia católica es clave en cualquier proceso de emergencias. Siendo católica la inmensa mayoría del país, el nivel de alcance de su gestión es incomparable. Sin dejar de considerar, por cierto, la valiosa participación de otros cleros.

4) Esta crisis ha desnudado la desarticulación política que existe en el país, la carencia de capacidad de diálogo y concertación. A ratos el país parece una nación con 221 republiquetas, donde cada alcalde dicta sus disposiciones. Eso ocurre porque no existe un régimen fuerte de partidos políticos, donde un acuerdo sobre objetivos básicos permita dispersar disposiciones claras a las autoridades de sus organizaciones.

5) No importa la situación y el dolor por el que pase un país, siempre hay los sátrapas que buscan atacar y aprovecharse de la debilidad de la autoridad para cobrar deudas de esquina, y si en el camino está la gente común, pues qué más da, que sirvan de pavimento.

Y por ahora mi último aprendizaje es la gran paciencia de aquella gente, la más desvalida, que permanece serena y doliente en una casa de caña de un solo ambiente y con techo de zinc, esperando un poco de comida y que los del aprendizaje (4) lleguen a un acuerdo final.