De Pío XII a Francisco

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De Pío XII a Francisco

Hay momentos en los que debemos pasar de la oración a la acción, y lo que corresponde es gritar a los cuatro vientos que no se puede seguir asesinando a seres humanos’.

Al usted leer estas letras habré cruzado los Pirineos y asistido a la misa en la Colegiata de Roncesvalles, en el inicio de mi sexta peregrinación a Santiago.

En medio del silencio de caminar en la relativa soledad del Camino, reflexiono en lo que puedo hacer como persona, como católico, para evitar que se siga produciendo un baño de sangre en Ucrania; para evitar que continúe la negación de cualquier sentido de humanidad. Reflexiono también si es que el Vaticano está haciendo lo posible con el mismo propósito.

En la Segunda Guerra Mundial ejercía el papado Pío XII, a quien con el tiempo se le recriminó duramente su posición como jerarca católico, así como la posición general del Vaticano, respecto de la pasividad para denunciar los horrendos crímenes del holocausto judío. Luego de la apertura de los documentos del Vaticano, acto permitido por Juan Pablo II a finales del siglo pasado, y últimamente en marzo de 2020 por Francisco, daría la impresión de que no se obró conforme a la información de la que entonces se dispuso para gritarle al mundo lo que estaba pasando en los campos de exterminio. Evidencia tan cercana como la deportación de los judíos de Roma en 1943, no podía pasar desapercibida. Son 16 millones de folios repartidos en 15.000 sobres y 2.500 fichas que ha desclasificado el Vaticano, de manera que habrá mucho que revisar.

Hoy, sin embargo, la evidencia nos dice que se está produciendo en Ucrania una carnicería con horrendos crímenes de guerra. El Vaticano ahora tiene una responsabilidad mayor que en 1940, porque hoy la información es incontrovertible.

Hoy su santidad Francisco juega un papel mucho más relevante, dirigiendo una Iglesia que está siendo abandonada por fieles en todo el mundo y de liturgias cada vez menos asistidas. Esa Iglesia profunda de misioneros, de bondad derramada por sacerdotes y laicos comprometidos, y de una obra inmensa de misericordia, necesita una respuesta que no nos haga mañana decepcionar.

Su Santidad, ya han muerto demasiados, no podemos solo rezar. Perdóname Señor por esta irreverente pero fraterna reflexión.

¡Buen camino!