Columnas

Ingresos súbitos y corrupción

"El corrupto busca la aceptación de los demás, y cree que mostrar riqueza lo valida como exitoso"

El fenómeno de las “ganancias súbitas” se aplica a países y personas. Explicado de forma simple: cuando los países tienen grandes ingresos a partir de una fuente no recurrente, petróleo a altos precios en el ejemplo ecuatoriano, el efecto inmediato es el uso ineficiente de esos recursos, generándose inversiones en obras innecesarias, provocando el desarme de los procesos de control de gestión, y en definitiva, desperdiciándose aquello muy valioso que no se repetirá.

Una situación parecida pasa con las personas que se benefician a través de actos de corrupción de los flujos inusitados. Podrá generalmente reconocerse al corrupto porque inmediatamente recibe dinero lo empieza a gastar adquiriendo bienes suntuarios, especialmente visibles a su entorno: el carro de lujo (con el peluche de la novia en el asiento trasero), la casa en el mejor barrio (mal decorada por las fotos que muestra), y el equipo de música más sonoro.

Mientras quien ha prosperado a fuerza de trabajo hace lo imposible para que no se note su patrimonio, el corrupto busca evidenciar el fruto de sus travesuras. El corrupto, como todo ser humano, busca la aceptación de los demás, y cree que la riqueza lo valida.

Al igual que ciertos políticos, el corrupto piensa que los ingresos súbitos son de carácter permanente, y se le paraliza el cerebro, siendo incapaz de generar ideas productivas utilizando el dinero mal habido. ¿Alguna vez alguien ha visto a un corrupto convertirse en un innovador industrial? Imposible. Es fácil reconocer al corrupto pues luego de ocupar un cargo público, o cuando se le cae el árbol al que estaba arrimado, “anda peloteado”, disminuyendo poco a poco su estándar de vida, sin jamás salirse del corral al que decidió entrar.

Yo he conocido exhonrados, pero nunca he conocido un exladrón. Sin embargo, de todos sus pecados cometidos, hay uno, uno por el que los condenaría: pensar que somos tontos. Pensar que creemos en sus lágrimas teatrales, o pensar que no sabemos el sacrificio que en trabajo significa comprarse una casa.

No roben, pero bueno, si roban, por lo menos no nos crean tontos.