Columnas

¿El dinero compra todo?

No me gusta mucho hablar en primera persona, pero debo confesar que soy de pensamiento liberal. Soy de aquellos que piensan que el mercado es uno de los mejores inventos de la civilización, pero confieso también que tengo dudas sobre ciertas áreas que pudieran representar zonas peligrosas aun para mercados eficientes. Para estimular mis incógnitas ideológicas cayó en mis manos el libro Lo que el dinero no puede comprar, de Michael Sandel.

Procurando alejarse de apreciaciones moralistas superficiales, Sandel expone para el juicio del lector una serie de situaciones cotidianas y otras impensadas, que nos hacen meditar sobre el fino límite que existe entre una economía de mercado y una sociedad de mercado. A partir de aquello realicé mi propio ejercicio de exploración del pensamiento con personas cercanas. 

Pregunté, por ejemplo, si era correcto que el IESS ofrezca una jubilación de mayor cantidad a quienes habían aportado más a lo largo de sus vidas, y la respuesta unánime fue que era lo justo. Pregunté luego si estaba de acuerdo con que el IESS diera atención preferente —mejores habitaciones en los hospitales, por ejemplo— a quienes aportaban más. De pronto las respuestas cambiaron sustancialmente. Les hice notar que eso era lo que ocurría con los seguros privados que pagaban.

Existe un fino límite entre una economía de mercado y una sociedad de mercado.

Las personas luchaban, ante mi silenciosa atención, por razonar su aparente disonancia. Pregunté si estarían de acuerdo con que en Migración del aeropuerto de Guayaquil existiera una fila de atención rápida si el viajero pagaba previamente un valor. La respuesta mayoritaria fue negativa. Les hice notar que muchos habían pagado de buena gana un valor para conducir por un carril preferente sin mayor tráfico en alguna autopista en Estados Unidos.

De las muchas respuestas que recibí a otras muchas preguntas, me dio la sensación que las personas en general encuentran que ciertos bienes o servicios no deben ser materia de transacción. Quizá un indicio de las causas lo encontremos en la próxima columna, y podamos reflexionar por qué un país casi desarrollado, como Chile, tiene un grupo social descontento.