Columnas

¿A cuenta de qué?

"Muchos atracos al Estado se terminarían si quien denuncia se beneficiara de lo que el Estado recupere"

Con el nuevo brote de pus que ha surgido por el tema de los carnés de discapacidad, reflexiono en que la gran mayoría de ecuatorianos aplauden de pie cuando en la Asamblea se dicta una ley que genera beneficios económicos para algún grupo en especial.

La gente se pone feliz cuando se condonan las deudas en la banca pública, graciosamente se perdonan impuestos o se amplía la cobertura de prestaciones médicas en el IESS.

Hemos visto en campaña a los populistas de derecha y de izquierda ofrecer incrementar el bono solidario, en competencia por quién da más. Parece que nos acostumbramos a que la plata provenía del petróleo, y total, cuando las cosas son de todos, las cosas son de nadie.

Nos sentimos cómodos con una Constitución desbordada de derechos que el Estado debe asumir, sin aceptar que alguien tendrá que pagarlos. Eso pasa porque hay tres clases de ecuatorianos: los que no saben que pagan impuestos, los que están conscientes de que los pagan y ya han decidido que no esperan nada del Estado, y naturalmente, los que tratan de apropiarse a como dé lugar de lo que pagan los otros.

Entonces yo me pregunto: ¿a cuenta de qué quienes tienen una empresa que paga sus impuestos puntualmente deben regalarles dinero a quienes se les condonan impuestos?; ¿a cuenta de qué, quienes toman un crédito en la banca pública y lo pagan, tienen que ver cómo al vecino se lo condonan?; ¿a cuenta de qué quienes con mucho esfuerzo compran un vehículo pagando más del 100 % de recargos sobre el precio internacional, deben aceptar que un sátrapa se pase de alivio?

Esto va a terminar el día en que los asambleístas se levanten con ganas de hacer algo bueno y expidan una ley donde se premie económicamente a quien denuncie con pruebas un robo de recursos públicos.

En el instante en que cualquiera participe en un porcentaje de lo que el Estado alcance a recuperar por su denuncia, habrá muchos ojos vigilando a los pillos. Alguien dirá que nos convertiremos en una sociedad de sapos y chismosos, quizá, pero habremos dejado atrás una sociedad de algunos miles de vivos y diecisiete millones de pendejos.