Columnas

Codicia

En esto de invertir los ahorros fruto del trabajo, parafraseando a Sabina, “que nadie te venda amor sin espinas”.

Hace pocos días clamó clemencia Bernard Madoff, el más grande estafador del que tengan memoria los mercados financieros de Estados Unidos. Aquejado por una enfermedad terminal, ha solicitado pasar el tiempo de vida que le queda fuera de prisión. Con una estafa basada en el esquema Ponzi (piramidación), se calcula que el daño total de su felonía alcanzó los $ 65.000 millones. El desenlace fue terrible, pues provocó el suicidio de uno de sus hijos, además de afectar a múltiples entidades de caridad; pero sorprendentemente, a bancos especializados, fondos de inversión y otros actores muy renombrados en el ámbito de las finanzas. Todos sucumbieron a la simpatía de un timador, promesas de rentabilidades extraordinarias y deseos de no quedarse “fuera de la fiesta”. 

Madoff tuvo la destreza para engañar a los reguladores, y mientras el esquema de pagarles a los inversionistas con las captaciones nuevas funcionó, todos estaban felices. 

De cuando en cuando aparecen los Bernie Madoff para aprovecharse de la codicia de la gente. Hace pocos días las autoridades de control en Ecuador fueron alertadas de una empresa que ofrecía a través de un ‘call center’ y lo anunciaba en su sitio de internet, rentabilidades de hasta el 6 % mensual, es decir una tasa efectiva del 101,22 % anual. 

Llamaba a invertir desde $100, hasta cifras ilimitadas. Sus inversiones, decía su publicidad, las hacía en el mercado de valores norteamericano, y claro, “mientras más inviertes más ganas”. 

Estoy seguro de que debe haber gente en fila llevando sus ahorros. Para ser francos, el problema no son los pillos, sino esa actitud de conciencia plena de saber que es una estafa, pero “que se puede salir a tiempo”; de pensar que todos los demás son tontos y uno es el único inteligente que está aprovechando la oportunidad. 

Cuando alguien ofrece una rentabilidad tan absurdamente alta, me acuerdo de las sabias palabras de mi muy querido profesor don Nicolás Marín: pregúntenle si tiene tan buena voz por qué no canta. En esto de invertir los ahorros fruto del trabajo, parafraseando a Sabina, “que nadie te venda amor sin espinas”.