Columnas

Ciudadanía

'De esta crisis nadie sale por su lado; salimos juntos o no salimos'.

La tercera acepción del diccionario la describe como “el comportamiento propio de un buen ciudadano”. Es aquella virtud de un pueblo como el japonés, que luego de la destrucción del tsunami de 2011, cuando los supermercados de la zona costera de Töhoku no contaban con empleados porque estaban en labores de ayuda, hacía que cada ciudadano que iba a tomar cosas de las perchas se acercara a la caja a dejar la cantidad exacta de dinero de los artículos que llevaban. Es la actitud del israelí promedio, que puede ser irreverente con sus autoridades en la vida cotidiana, pero cuando se presenta una emergencia hace del interés común su propósito personal y coloca toda su preparación y fortaleza a disposición de la causa de su país. En ambos casos sus acciones están sustentadas en valores ciudadanos precisos e inmutables en el tiempo.

De cara a la emergencia sanitaria que vive el país debemos reflexionar sobre nuestro nivel de preparación para afrontar la crisis. Acá debemos sacar lo mejor de nosotros para vencer a la adversidad. Debemos esperar y confiar en que nuestras autoridades de salud, económicas, de seguridad y de asistencia, están haciendo lo mejor posible para protegernos. Debemos esperar que los empresarios y los trabajadores estén colaborando para que no le falte un pan al compatriota más vulnerable, y que dispongamos en todo momento de los servicios esenciales para sobrellevar la crisis. Debemos hacer cada uno de nosotros nuestra parte del trabajo para ofrecer ayuda si es necesaria, pero por sobre todo para seguir disciplinadamente las instrucciones de las autoridades.

Yo no creo que los japoneses o los israelíes sean ni más inteligentes los unos, ni el pueblo de Dios los otros, como para rendirme a pensar que son superiores. Hay una sola cosa que creo que los hace diferentes, y que hace diferentes a las sociedades más prósperas: la confianza íntima en que cuando corresponde, cada uno cumplirá su responsabilidad, sin tener una cámara que lo vigile o un látigo que lo obligue. Eso los hace diferentes, su respeto a unos valores compartidos, que al final se llama ciudadanía.