Pandemia y vacunación

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Pandemia y vacunación

Dos años hace ya que el mundo soporta el coronavirus, que parece haber venido para quedarse, ahora que su variante ómicron está causando tantas víctimas. Para peor, la pandemia nos ha puesto abruptamente frente al espejo para ver nuestra débil condición ante el poder de la enfermedad y la muerte, desacreditando lo que creíamos extraordinario desarrollo científico. Llegamos a la Luna y Marte para ser solo un escenario más de la lucha por el dominio geopolítico de las potencias sobre cuanto pueda ser abarcable en el mundo y el espacio exterior, olvidándose de los hijos de Eva y Adán que pueblan la Tierra sin encontrar la manera de vivir en paz. La primera gran sorpresa fue darnos cuenta de que la ciencia no había avanzado lo suficiente como para descifrar los códigos de nuevas plagas, quizá nuevas formas de las que ya existieron, en comparación con las cotas altísimas de desarrollo tecnológico alcanzadas, del notable avance de la ciencia física sobre la química. El hombre ha mostrado lo poco que puede hacer ante las desatadas fuerzas de la Naturaleza, exacerbadas por nuestros malos hábitos depredadores y el irracional impulso centrado en el perfeccionamiento de armas más que en el afianzamiento de la vida humana y las especies animales y vegetales, al punto que el cambio climático parece tener que ver con nuestro desastroso comportamiento. La segunda sorpresa, una terrible desazón al habernos dado cuenta de la debilidad y limitación de nuestro conocimiento científico de ‘homo sapiens’ ante el hecho real de no ser capaces de elaborar una vacuna que nos inmunice y termine con la peste, peor distribuirla equitativamente a los países pobres. Y finalmente, los estúpidos paradigmas de respeto a la voluntad de quienes se niegan a vacunarse, por ignorancia, que en el caso desborda el derecho individual sobre el colectivo, de su salud y vida, resultando casi increíble que no haya país alguno que haya dispuesto la vacunación obligatoria, limitándose la exigencia internacional al certificado de estar vacunado para poder viajar, entrar a restaurantes y espectáculos o realizar trámites. La falacia de la libertad de conciencia contra la vacunación, haciendo su mortal siega en el mundo de los necios, cuando solo aspirábamos a la ilusa inmunidad de rebaño.