Columnas

Muertos sin velorio

Igual, al fin de cuentas, al que esperamos todos.

La pandemia de COVID-19, que se califica ya como la mayor del siglo 21, ha registrado como uno de los hechos más insólitos y dolorosos a nivel mundial lo sucedido en los suburbios de Guayaquil a partir de la primera semana de abril, esto es la recolección de los cadáveres causados por la pandemia, abandonados por sus familiares en las veredas de las calles ante la presión de sus vecinos por el olor nauseabundo de sus cuerpos en descomposición, agravado por la tardanza de los empleados de salud del gobierno o del IESS para ir a recogerlos, a veces de hasta 4 días.

La logística de la muerte contaminó hasta el recuerdo de los días postreros de nuestros seres queridos mordidos por el virus de la enfermedad maldita, como si se tratara de un verdadero castigo de Dios, que desde luego no lo es porque pondría en cuestión la mismísima justicia divina cebándose contra los humildes, a contrapelo de toda la enseñanza de los evangelios. Muertos sin velorio y sin un entierro digno, a la altura de los medios económicos de sus deudos, sin las ritualidades a veces ancestrales, dadas las restricciones dispuestas por la autoridad para evitar los contagios. Pero una vez que las camionetas de la morgue recolectaran los cadáveres de las víctimas, ya sea de hospitales o casas, labor en la que por su magnitud intervinieron los empleados de salud del IESS, y obligados por estos aun los propios interesados (pues según afirmaban los agentes: “Si ya murió él, murió el virus”), además de personal de la Policía y de las Fuerzas Armadas, tenían los muertos que ser identificados por sus huellas dactilares, y ser mantenidos dentro de bolsas plásticas en el interior de contenedores refrigerados del IESS o de la Municipalidad. No obstante, muchas de las personas que trataron de identificar en la morgue hospitalaria de Los Ceibos a sus familiares muertos, tuvieron que pasar por escenas dantescas tratando de localizar entre los cadáveres que yacían apilados en el suelo, como basura, según lo precisa un prolijo relato publicado por este diario el 5 de abril.

El destino final de los muertos por COVID-19 es o será un terreno en el camposanto Parque de la Paz, luego de probablemente ser cremados. Igual, al fin de cuentas, al que esperamos todos.