Columnas

Una guerra canalla

'El extraordinario avance científico del que nuestro mundo civilizado se ufanaba, al haber llegado casi a las estrellas y verse ahora de pronto tan golpeado, asustado y maltrecho ante un virus de tan real jerarquía maléfica, con un nombre tan inocente'.

La amenaza de una posible intervención armada de EE. UU. que, como la espada de Damocles pendía sobre Venezuela y el gobierno de Maduro desde que Donald Trump congelara todas las cuentas que por entrega de crudo y gasolinas debía al país caribeño, fue anunciada la noche del miércoles primero de abril de esta semana, bajo el argumento, a todas luces inconvincente, de cortar el narcotráfico al que estaría dedicado el gobierno de Maduro, narcotráfico que como todo el mundo sabe tiene su epicentro desde hace décadas en Colombia, país donde se encuentran distribuidas siete bases militares norteamericanas a raíz de que el expresidente ecuatoriano Rafael Correa no les renovara el convenio de la Base de Manta, obligándolos a salir del nuestro.

Lo canalla de la decisión radica en que se lo pretenda hacer mediante una operación naval con buques con plataformas de despegue de aviones y miles de combatientes, precisamente cuando la epidemia mundial del coronavirus tiene semiparalizado al mundo y la consigna es quedarse en casa, siendo la tarea más común de los gobiernos proveer de alimentos y medicinas a los sectores más vulnerables de la población, los niños y las personas de edad avanzada.

El número de contagiados y de muertos en EE. UU. ha rebasa ya los que tuvo China, que fueron alrededor de 90.000 y 3.000, respectivamente, país que dominó ya la epidemia y que ha logrado establecer una prueba rápida de 15 minutos para detectar a los infectados, test y ayuda de mascarillas y medicamentos que ha empezado a enviar a países socialistas como Venezuela, haciéndolo también la Rusia de Vladimir Putin. Y desde luego, como siempre en estados de emergencias de salud por epidemias virales, como fue la del ébola en África, las brigadas de médicos cubanos, verdaderos misioneros de la solidaridad universal, que están ahora en 12 países de las Antillas y en Italia y España, con agobiantes cifras del mortal virus que, por otra parte y en alguna forma ha puesto en cuestión todo el extraordinario avance científico del que nuestro mundo civilizado se ufanaba, al haber llegado casi a las estrellas y verse ahora de pronto tan golpeado, asustado y maltrecho ante un virus de tan real jerarquía maléfica, con un nombre tan inocente.