Columnas

Causa y efecto

"El 7 de febrero del 2021 definiremos en qué tipo de país queremos vivir"

La ley de causa y efecto es un principio universal que expresa que nada es casual, que todo responde a una causa; su resultado, efecto o consecuencia dependerá del acto originario.

Aplicada a la familia, sería el ejemplo del padre que para festejar su cumpleaños se gasta los ahorros familiares y se endeuda con el chulquero “botando la casa por la ventana”. Seguramente el barrio recordará la farra, el buen momento, pero sus consecuencias afectan únicamente a la familia, la cual se verá imposibilitada de pagar los servicios básicos, comida, o sufrirá el dolor de perder al padre en manos del sicario ante el incumplimiento de pago al chulquero. 

Aplicada a los Estados y sociedades, el ejemplo es el que vivimos en la actualidad los ecuatorianos, quienes tuvimos gobernantes que se robaron lo que había y lo prestado; y como las deudas a ese nivel son estatales, no del gobernante, la cuenta la debe pagar el pueblo vía incremento de impuestos o incremento en los valores de los servicios básicos. Entre tanto, los políticos mafiosos disfrutan de lo robado al pueblo al que dicen defender.

Desde una perspectiva positiva podemos aplicar la ley de causa y efecto en provecho ciudadano. Si la ciudadanía trabaja y ahorra generará riqueza, sea vía emprendimiento personal o comunitario, como el caso del Salinerito. La generación de emprendimientos individuales o colectivos crean empleo, riqueza y esta, la posibilidad de adquirir bienes y servicios, produciéndose la real distribución de la riqueza.

Una sociedad próspera jamás se logra destruyendo la inversión privada, generadora de riqueza, trabajo, progreso y bienestar; como tampoco se logra viviendo de bonos que nos convierten y mantienen como mendigos y luego como esclavos del gobierno populista.

La ley de causa y efecto no tiene bandera, ni ideología política; es pragmatismo puro y duro, por tanto el 7 de febrero del 2021 definiremos en qué tipo de país queremos vivir: en el gobernado, directa o indirectamente por rateros, siguiendo sumergidos en la miseria; o en un país de trabajo y progreso, sepultando a los corruptos en las urnas.