Columnas

Paren la guerra que yo no juego

'Es muy laborioso e incomprendido construir paz, la fraternidad fue una proposición básica de la Revolución Francesa'.

El mundo tiene muchos motivos para estar tenso. Al creciente aumento de la pobreza, las devastadoras consecuencias del cambio climático, el auge criminal del narcotráfico, el crecimiento del negocio armamentista, una corrupción galopante e impunidad que destroza cánones de conductas, se agrega la acción del actual presidente de EE. UU., prendiendo un fósforo en un fardo de dinamita con el asesinato de un jefe militar iraní, lo cual al margen de sus razones, provocará reacciones imprevisibles de fanáticos anónimos que buscarán vengar su muerte en virtual holocausto contra personas inocentes.

Es muy laborioso e incomprendido construir paz, la fraternidad fue una proposición básica de la Revolución Francesa. Destruir es muy fácil, solo requiere deseos de hacerlo

Un buen gobierno debe garantizar a sus gobernados: paz, seguridad, estabilidad, bienestar. Ese fue el pensamiento de un verdadero líder como Mahatma Gandhi, con su tesis “la paz es el camino” y su advertencia de que la teoría hobbiana del “ojo por ojo” dejaría al mundo ciego.

Una guerra se sabe cómo comienza pero no cómo termina. Causa daño a todos, es rentable para los fabricantes de armas, pero no es un juego para que fundamentalistas expongan a la humanidad a un prematuro exterminio. 

La violencia genera más violencia, por ello utilizo en este breve comentario el título del ensayo poético del bardo mantense Pedro Gil, en evidente rechazo a quienes promueven la conflictividad. Él al igual que yo, estamos lejos de conocer la punta del ovillo del coctel de motivaciones que podrían influir en el último incidente en el Medio Oriente: factores religiosos, petróleo, campaña electoral en EE. UU

Por ahora entristece el terrible derribamiento de un avión ucraniano matando a sus ocupantes, unido a la muerte de un grupo de iraníes huyendo nerviosos durante el sepelio del militar asesinado. Lamentablemente la ambición por el poder o el dinero obnubila y vuelve capaces de toda clase de mentiras y del más increíble cinismo a dirigentes políticos, que fabrican controversias según sus intereses o por el extremismo de sus ideas.