Columnas

Gobiernos de la libertad

"...el costo del Estado lo asume el ciudadano. Sin embargo, quienes administran el Estado olvidan, a menudo, este detalle y se despilfarra el dinero público que pertenece a cada uno de esos ciudadanos aportantes"

Empiezo comentando que esta semana fue particularmente intensa en información, pero una reflexión me persigue a raíz de dos preguntas realizadas en un foro. Las preguntas van ligadas al rol de la empresa privada y del sector público en atajar el desamparo ciudadano para lograr un Estado de bienestar que permita que la masa crítica tome mejores decisiones. Esto se puede traducir en aumentar la calidad de vida de la comunidad e incorporar los intereses de la mayoría, pero ¿cómo hacerlo?

La reflexión usual es generalizar que la empresa privada maneja mejor los recursos porque su supervivencia está supeditada a eso, mientras que el sector público carga cuantiosas ineficiencias porque su vida está garantizada por un eje central de convivencia que los privados necesitan, por eso el costo del Estado lo asume el ciudadano. Sin embargo, quienes administran el Estado olvidan, a menudo, este detalle y se despilfarra el dinero público que pertenece a cada uno de esos ciudadanos aportantes.

Pues bien, como el tema es denso y puede ser eterno, me enfoco en la capacidad que tiene la empresa privada para abordar y maniobrar la problemática con mayor facilidad, tomando en cuenta que la empresa privada no es beneficencia, sino una unidad de negocio cuyo índice de productividad permite generar bienestar social. Como la unidad no es un ente aislado, esta debe evaluar su entorno y tomar medidas que contribuyen al entorno y, para mí, la clave está en ser activos observadores del entorno. Esto nos permite tomar decisiones sintonizadas con el ecosistema en el que nos desarrollamos.

La vida, la información, los negocios, el gobierno, todos funcionan a velocidades distintas. Es como tirar una piedra a un lago; las ondas del agua se van ampliando con el tiempo y las fuerzas de la física, acción-reacción, pensará alguien mientras lee esto. De cualquier manera, concluimos que el efecto toma su tiempo en llegar. Y me parece que escribo obviedades, sin embargo, considero que fácilmente olvidamos esta multifrecuencia de reacciones que juegan a favor y en contra de los objetivos que se buscan. Consecuentemente, necesitamos más acción para generar mejores y mayores reacciones. 

Imaginemos formar pequeños gobiernos que operan en libertad dentro de un sistema donde la multiplicación de la acción acelera llegada. Pongo un ejemplo gráfico: el periodista Jason Bourke establecía en su libro “Al Qaeda, la verdadera historia del islamismo radical”, que el problema mayor acerca del peligro de cualquier red de fundamentalismo son las condiciones de vida paupérrimas donde estas se desarrollan. 

Cuando la población tiene mejores condiciones de vida, entonces se alcanza una mejor estabilidad que, con las medidas adecuadas, puede producir un mejor entorno. Menciono esto porque el fundamentalismo no solo está en la religión, el fundamentalismo aparece en cualquier parte donde se dé el caldo de cultivo para manipular a las personas.

Finalmente: el Estado puede, pero no debe, colgarse en los ciudadanos y mientras sus ineficiencias se corrigen, la iniciativa privada debe apuntar a multiplicar las acciones suficientes que contribuyan a enriquecer el ecosistema. Esta semana me quedo con eso, no importa si es por colectivismo o por egoísmo, de cualquier manera esto suma.