Columnas

Sin llorar

'¡No se puede llorar, no hay abrazos ni tumbas que consuelen!'.

Quiero llorar. Llorar por los que nos arrancharon. Ni siquiera busco consuelo, solo quiero llorar largamente y sin prisa. Pero no puedo, tenemos que movernos y buscar cómo salvarnos del mortal virus. Tenemos que apresurarnos en entregar consuelo y equipos a médicos y enfermeras, repartir alimentos, coordinar, ayudarnos con prisa.

No puedo llorar, porque tenemos que ayudar a Monserrate, quien está infectada con coronavirus, como lo estuvo su madre que lleva muerta doce horas, y está esperando a las autoridades para que se lleven el cadáver. Ambas solas, en casa.

No puedo llorar, porque tenemos que ayudar a Stefany y a Ronald a encontrar el cadáver de su abuelita, que se perdió en la clínica donde murió; les informaron que se ha perdido, que nadie sabe dónde está y que si quieren pueden buscarlo en ese camión que está allá... Señalando con el índice les indican que deben ir al fondo, donde fueron, y entre dieciséis cadáveres encontraron el que buscaban.

No puedo llorar, porque recibimos a María Eugenia, médico, quien tiene que encontrase en las puertas del hospital donde trabaja, cadáveres que dejan abandonados familiares asustados y adoloridos.

No podemos llorar porque tenemos que aliviar a Laura María, también doctora, que siente vivir un apocalipsis cuando ve a sus colegas enfermos y que no responden a tratamientos, o cuando tiene que contestar afirmativamente a los pacientes que preguntan si antes de ser entubados deben despedirse de sus familiares, o en aquella guardia que dejó 36 muertos sin tener un lugar donde guardarlos.

¡No se puede llorar, no hay abrazos ni tumbas que consuelen!

Me preguntan cómo me trago mis ganas de llorar, me preguntan cómo me calmo ante palabras que ofenden y castigan a los más pobres guayaquileños., Me preguntan cómo resisto a esa política maldita que husmea entre cadáveres para golpear nuestra frágil democracia.

Confieso con gratitud que me sana la generosidad abundante, la unión de muchos y la certeza de que mis queridos, a los que se me llevó la muerte, viven en los brazos de un Dios que nos ama infinitamente por sobre todas nuestras miserias.