Columnas

La injusta carga de los pequeños

'La corrupción también es usar (o no usar) el poder para cometer, como autor o cómplice, injusticias en la vida diaria de gente que habitará nuestras calles con una herida abierta'.

El refugio de esta columna, ha sido, a veces, una protesta escrita. Hoy, sin temor a equivocarme, lo es.

Juan es un chofer que no llega a los 65 años de edad, fuerte, sano y comedido. Estaba feliz porque había conseguido un trabajo estable; después de años por fin disfrutaba esos casi 18 meses de estabilidad.

Juan ve y escucha cosas, cree que en círculos de poder es básico, para sobrevivir, hacer el tonto. Su patrono tiene problemas financieros, no alcanza el dinero, hay que recortar la nómina dicen, y sí, siempre se corta el lado más flaco y del que no tiene voz.

Entonces Juan se quedó sin empleo, porque alguien pensó en sí mismo, lo que conviene a su imagen, y entonces Juan quedó en la calle, con la fe partida y dudando si es cierto eso de que la honestidad es el mejor negocio en la vida.

Cuando se elige a un delincuente y se bota a la calle a gente buena se genera una violencia con ondas profundas y multiplicadoras, como la que genera un criminal en serie. En primer lugar, hieres a quien atestigua la injusticia, rompes el frágil matiz ético del ambiente y haces emerger rabia e impotencia en una familia entera.

Marcela, Leonor, Pedro, José Fernando y Mariela fueron víctimas del “salón de los castigos” de su jefe, un médico que había elegido un espacio para “castigar” a sus subalternos, y así hacer saber al equipo quién tiene poder. Poder demente y morboso, por supuesto. Cuando las autoridades lo descubren, no lo enjuician, no lo despiden, lo mantienen ahí. Sigue protegido de esos otros que también ostentan poder, tal vez poder de otro color, pero poder al fin.

Y ahí quedan estas historias, flotando en el ambiente, oliendo a lo que son, dejando abierta la ofensa a la dignidad humana y encendida la máquina del sinvergüenza rostro del que nunca tiene la culpa de nada.

Ejercer poder no es fácil. La corrupción también es usar (o no usar) el poder para cometer, como autor o cómplice, injusticias en la vida diaria de gente que habitará nuestras calles con una herida abierta, sin identidad ni razón, y sin voz que nos preocupe.