Columnas

Bicentenario

Todos sus moradores estamos muy orgullosos de pertenecer y residir en ella.

Nuestra ciudad, en 1820, al momento de su independencia, contaba con veinte mil habitantes; era considerada una de las ciudades coloniales más ricas del Pacífico Sur en su época. En su libro más reciente, el historiador Guillermo Arosemena afirma: “que los extranjeros la admiraban por tener casi todas las condiciones de ciudad pujante y de gran potencial económico; su situación geográfica, la fertilidad de su suelo, la abundancia y variedad de sus producciones y el hermoso río que la baña, le proporciona facilidades para su extenso comercio interior y exterior”.

Algunos viajeros y cronistas de la época consideraban a Guayaquil una ciudad agradable, hospitalaria, animada, próspera por la abundancia y calidad de sus maderas, por su variada producción agrícola, sus exportaciones, mayormente cacao, y por ser el más importante astillero del Pacífico Sur.

En el primer centenario de su independencia, Guayaquil era ya el puerto principal y la ciudad más populosa del Ecuador, con noventa mil habitantes. Se asomaba al siglo XX con la decisión de transformarse en una ciudad moderna, cosmopolita, que habiendo vencido a sus mayores enemigos: los piratas, incendios, epidemias y enfermedades mortales como la fiebre amarilla, incursionaba en grandes obras como sus nuevos palacios Municipal y de Gobernación, calles pavimentadas, modernas redes de alcantarillado y agua potable, el parque Centenario y su bella columna conmemorativa.

Guayaquil, abrazada por diferentes ramales del estero Salado, tenía un balneario único a cuatro kilómetros del centro de la ciudad. Nos habíamos convertido en el principal exportador del cacao más aromático y de mayor calidad en el mundo. Las exportaciones de cacao crecían año a año en volumen y buenos precios, se iniciaban también otras exportaciones de arroz y azúcar. El banano vendrá más tarde en los cincuenta y el camarón, en los setenta. El ferrocarril, inaugurado una década atrás por el general Eloy Alfaro, facilitaba la integración, el comercio, el turismo, las comunicaciones entre las diferentes regiones del país.

Hoy, en el Bicentenario de su independencia, Guayaquil es indudablemente la capital económica del Ecuador, con un conglomerado humano que supera los tres millones de habitantes, mucho más si se le suman los pobladores adyacentes de Daule, Samborondón y Durán. La ciudad se ha convertido en destino turístico de propios y extraños, resultado de una amalgama de familias y gentes venidas de todas partes del país; siempre ha sido así. Se ha convertido en una ciudad moderna, con túneles, pasos a desnivel, un bello malecón, un moderno aeropuerto, puerto marítimo con cinco terminales, varias líneas de metrovía y hasta una aerovía que nos unirá en pocos minutos con Durán.

Se requieren políticas económicas que respeten e incentiven las iniciativas privadas, el comercio, las libertades para emprender. Guayaquil seguirá siendo el motor económico del Ecuador y la cuna de libertades, como lo fue hace 200 años. Los que llegan a vivir en esta ciudad la adoptan como propia, se identifican con ella y la defienden de quienes pretenden hacerle daño. Todos sus moradores estamos muy orgullosos de pertenecer y residir en ella.