Columnas

Reflexiones I

Guayaquil fue víctima de una maldición que la condenó por sus malas administraciones.

La carrera edilicia de Jaime Nebot llegó a su fin y en medio del reconocimiento y gratitud del pueblo de Guayaquil, se retiró luego de diecinueve años de gestión a sus cuarteles de invierno, en busca de un justo y merecido descanso. Cumplió con su labor fértil, titánica y permanente, orientada al servicio del hombre, meta que se trazó ejecutando obras que reivindicasen su existencia y convivir cotidianos, y para ello, diseñó un plan de acción que se cumpliría a lo largo del tiempo y que le ha permitido dejar una ciudad grande, progresista, moderna, pujante y dotada de servicios fundamentales que garantizarán un ambiente de vida de extraordinario valor para sus habitantes. Sin competir, batió un récord histórico en función de su permanencia en el sillón de Olmedo, tiempo durante el cual y con gran visión, transformó nuestra urbe convirtiéndola en un verdadero modelo habitable, pese a innúmeros problemas y desafíos. Guayaquil fue víctima de una maldición que la condenó por sus malas administraciones a ser insultada por los pedreros que arrojaban camionadas de basura en la calle para fortalecer sus pedidos y aspiraciones laborales, demostrando un irrespeto total hacia su propio terruño; sin embargo, gracias a León Febres-Cordero, el iniciador, y a Jaime Nebot, el continuador y conductor incansable de la nave citadina hacia un futuro sólido y promisorio, pudimos salir del fango y podredumbre en el que estábamos sumergidos.

Las obras, físicas, sanitarias, tecnológicas, educacionales, sociales, artísticas y ecológicas realizadas por Jaime fueron notables, pero sin duda, el más valioso de sus logros fue el cambio operado en los ciudadanos, que gracias al progreso alcanzado recuperaron la autoestima, haciendo desaparecer esa actitud de antaño cuando al preguntársenos de dónde éramos o dónde vivíamos, nosotros respondíamos con vergüenza, en voz baja y tapándonos la cara para no identificarnos con una ciudad desarticulada, sucia y abandonada a su suerte, de la cual hoy estamos plenamente orgullosos, sea como guayaquileños o como residentes de esta Perla incomparable.

Y sigo andando…