Juan Carlos Holguín | De besos y abrazos, a los balazos
Es una buena noticia para la región. Significa que Estados Unidos ha puesto contra la pared al gobierno mexicano
Imágenes espeluznantes se vieron el domingo en México después de que el ejército de ese país mató a Nemesio Oseguera Cervantes, alias El Mencho, considerado uno de los narcotraficantes más peligrosos del mundo y jefe del Cartel Jalisco Nueva Generación, quizás el grupo más cruel y sangriento que ha tenido en vilo a la sociedad los últimos años.
Durante su mandato, el gobierno del expresidente Andrés Manuel López Obrador protegió a estos grupos con una política de seguridad denominada ‘Abrazos, no balazos’, que incluía iniciativas preventivas y etéreas como “aliviar la pobreza”, la posible legalización de la marihuana y cambios en la pauta de sentencia para el narcotráfico.
Esto contrastó con lo hecho por sus predecesores Felipe Calderón (2006-2012) y Enrique Peña Nieto (2012-2018), quienes implementaron una estrategia directa contra los capos, que se centró en eliminar a los miembros de más alto perfil de los cárteles. La izquierda de AMLO llegó al poder anunciando que esos enfoques eran fallidos y que “solo habían avivado la violencia en México”.
Lo hecho por López Obrador, es decir, virar la cara del Estado hacia el otro lado y permitir que los cárteles operen a diestra y siniestra en ciertos territorios federales donde ya los grupos narcocriminales tienen control absoluto de todos los poderes, generó una de las olas más violentas en toda la región. Ecuador no fue la excepción: los tentáculos de los cárteles mexicanos han sido determinantes en los duros momentos que vivimos.
Aunque Ecuador y México comparten una profunda historia a pesar de su distancia geográfica, sea por sus coincidentes batallas libertarias o por personajes como Vicente Rocafuerte, lo que ha sucedido en tiempos recientes en las relaciones entre México y Ecuador llama la atención. La falta de políticas directas contra el narcotráfico por parte de los gobiernos de Morena en ese país pasaron una factura también aquí. Más aún, el haber sostenido políticos prófugos que se escondieron y exiliaron en México, significó una intervención directa en la política ecuatoriana.
El punto culminante de esta intervención de las políticas de Morena en Ecuador fue la decisión del gobierno mexicano de acoger en su Embajada en Quito a una persona sentenciada por corrupción. Adicionalmente, poco antes de dejar en el poder a su delfín, Claudia Sheinbaum, AMLO dijo de forma canallesca que el asesinato de Fernando Villavicencio se dio por una estrategia electoral.
La relación con México debe preocuparnos permanentemente. El presidente estadounidense Donald Trump manifestó hace meses, en una suerte de inicio de negociación, que el gobierno de Sheinbaum, parte del Grupo de Puebla, tiene una alianza con los cárteles del narcotráfico, al “haber proporcionado refugios seguros para que los cárteles se dediquen a la fabricación y al transporte de drogas”.
Por eso, el hecho de que Sheinbaum reconozca que el golpe del domingo tuvo participación directa de fuerzas militares y de inteligencia de Estados Unidos es una buena noticia para la región. Significa que Estados Unidos ha puesto contra la pared al gobierno mexicano, que hasta hace pocos días insistía en que prefería los abrazos a los narcocriminales.
El Ecuador debe estar atento a los efectos que lo de México podría tener aquí.