José Molina Gallegos | ¡Llegamos hasta Corea!
El silencio ante los gritos de auxilio no es solo miedo: es el reflejo de una sociedad que ha normalizado la violencia
Amo mi ciudad, por eso paseo mucho en Quito. Con frecuencia voy al Centro Histórico: camino por La Ronda, la plaza de San Francisco y entro a la Compañía de Jesús. Me gusta oxigenar el alma y transportarme al ayer. Quienes acudimos allí con mayor o menor frecuencia podemos dar fe de que muchos espacios que antes fueron tomados por la inseguridad hoy han sido parcialmente recuperados. Es el caso del bulevar de la 24 de Mayo, un sitio al que hace algunos años era impensable entrar y donde ahora, aunque con recelo, se puede intentar caminar una tarde de sábado o un domingo por la mañana.
El video del robo sufrido por el influencer coreano Sanghyeok Lee días atrás en pleno Centro Histórico ha sacudido las redes sociales y volcado nuevas miradas sobre la seguridad en nuestra ciudad, incluso en noticieros a más de 15.000 kilómetros. A nuestro visitante le arrebataron su teléfono e intentaron derribarlo de su motocicleta mientras gritaba desesperadamente “¡ladrón, ladrón, ayúdame!”, sin que ningún transeúnte acudiera en su auxilio. Él estaba mostrando espacios únicos de la ciudad. No faltará quien diga: “¿a quién se le ocurre sacar su celular en ese lugar?”. Ese tipo de comentarios no hacen sino aprobar a la delincuencia y sugerir que somos nosotros quienes debemos adaptarnos a ella.
Este hecho lamentable debería llevarnos a una reflexión más profunda y honesta sobre cómo estamos afrontando el problema de la delincuencia en los espacios públicos, especialmente en aquellos que son símbolo de nuestra historia, atractivo turístico y motor de la economía local. No se trata solo de la anécdota de un extranjero que pasó un mal momento, sino del testimonio de una ciudad que expone ante el mundo una preocupante fragilidad en materia de seguridad.
La escena revela, además, una brecha inquietante en la solidaridad ciudadana. El silencio ante los gritos de auxilio no es solo miedo: es el reflejo de una sociedad que ha normalizado la violencia. Esa resignación alimenta la impunidad social mucho antes que la legal. Quito merece ser vista como una ciudad vibrante y acogedora. Para cambiar este relato urge un compromiso colectivo que combine seguridad efectiva y una ciudadanía que no vuelva la mirada cuando alguien pide ayuda.