José Molina Gallegos | ¡El optimismo del 2026!
Ser optimista hoy no es negar la crisis; es asumirla con madurez
Al ser esta mi primera columna del año quiero ser optimista, sin pecar de iluso, o sea, un optimismo que no es ingenuo ni desconectado de la realidad; uno responsable, consciente de lo que somos y de lo que hemos vivido, porque es evidente que el 2025 nos sacudió a todos, y digo a todos porque lo que ocurre o deja de ocurrir en el país no afecta a uno o dos, sino a dieciocho millones de ecuatorianos.
Aunque a muchos les cueste creerlo, una de las discusiones que más frecuentemente tengo es con quienes aseguran que “lo que pase en la Función Judicial no les interesa porque no son abogados”; con quienes dicen que “da lo mismo quién gane las elecciones porque todos terminan siendo iguales”; o con aquellos que prefieren ignorar lo que se ventila en la Asamblea porque “ellos se dedican a otra cosa”. Esa indiferencia, cómoda y peligrosa, ha sido uno de nuestros mayores errores como sociedad.
Lo público no es –ni debe ser– ajeno para nadie. El sistema judicial, que cada vez nos deja más preocupaciones, termina tocándole la puerta al ciudadano que nunca pisó –ni se imaginó pisar– una fiscalía, una unidad judicial o un tribunal. La política que se descompone cada día más impacta en el empleo, en la seguridad y en el futuro de los nuestros; y, siempre, la legislación improvisada nos termina regulando a todos.
El 2025 fue, creo yo, un año que debería obligarnos a replantearnos qué tipo de sociedad queremos seguir siendo. Y no, no es el primer año o la primera vez que Ecuador atraviesa crisis políticas, de seguridad o institucionales. Tampoco es nuevo sentir que el Estado fallido que realmente somos tiene instituciones débiles, en las cuales el ‘qué va a pasar con…’ se normaliza y que cada mañana esperamos las noticias ya resignados a ver cómo ciertas personas con medio metro cuadrado de autoridad velan por su bienestar y no por el del resto.
El 2026 debería ser el año en que decidamos hacer algo distinto. Porque el problema de fondo del Ecuador no es de forma, sino de fondo. Ser optimista hoy no es negar la crisis; es asumirla con madurez. El 2026 no será automáticamente mejor, pero puede ser distinto y, a veces, eso ya es un buen comienzo.