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Rosa Torres Gorostiza | La inversión en prevención

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Concentrar esfuerzos en las zonas más vulnerables y convertir la prevención en una política permanente de desarrollo nacional

El control de inundaciones es una de las inversiones públicas más inteligentes y humanas que puede realizar un país. No se trata únicamente de obras de infraestructura; se trata de proteger la vida, la tranquilidad y el futuro de miles de familias que habitan en zonas vulnerables.

Cuando el Estado interviene para reducir el riesgo de inundaciones, mejora de manera directa la calidad de vida de la población, y eso es precisamente lo que el país necesita permanentemente. Si los gobernantes cumplieran con sus responsabilidades, las comunidades dejarían de vivir bajo la amenaza permanente del invierno y podrían planificar su trabajo, cuidar sus cultivos y mantener sus hogares en condiciones dignas. Para el campesino y su familia, la verdadera atención de un gobierno -sin importar la bandera política ni los revanchismos- se refleja en acciones concretas: vías de acceso en buen estado para sacar la producción y obras que permitan que la temporada de lluvias no signifique pérdidas, sino oportunidades de crecimiento y desarrollo productivo.

Las obras de prevención, bien diseñadas y planificadas, también permiten reducir el gasto público destinado a emergencias y reconstrucción, al mismo tiempo que fortalecen la productividad agrícola y la estabilidad de los territorios rurales.

La experiencia del proyecto de control de inundaciones en la cuenca baja del Guayas, desarrollado en los años noventa en el río Bulu Bulu, demostró el enorme impacto de este tipo de iniciativas. Su éxito permitió que posteriormente se replicaran obras similares en los ríos Milagro y Babahoyo. Sin embargo, ese trabajo no puede quedarse allí; debe continuar en todas las provincias del país, cuyos habitantes merecen vivir sin el agua al cuello y sin vías obstruidas por deslizamientos o inundaciones.

Ese es el camino que el Gobierno debe seguir: concentrar esfuerzos en las zonas más vulnerables y convertir la prevención en una política permanente de desarrollo nacional.

Cuando el invierno deja de ser una amenaza y se transforma en un aliado de la producción, gana el campo y gana todo el país. Incluso ganan quienes tienen en sus manos el poder de decidir.