Columnas

Lasso puede patear el tablero

El presidente Lasso puede congeniar dos realidades esenciales en este momento: cuidar a los más pobres y pedir al país que decida su futuro

¿Cómo zarandeará la política el presidente Lasso para modernizar el país? La pregunta surge cuando se observan las cifras de la Asamblea Nacional que, por más que cambien -ya ha habido camisetazos- tiene dos bloques casi inamovibles: el correísmo con 49 asambleístas y Pachakutik con 25. Es verdad que en un régimen presidencialista no todo pasa por la Asamblea. Pero hay frentes en los cuales su concurso es decisivo. A menos que el presidente decida pedir a los ciudadanos que zanjen en las urnas temas fundamentales para el país.

Como están las cosas, el presidente tiene mayoría en el Legislativo para leyes de carácter social. Su partido -eje de la Bancada Acuerdo Nacional- tiene 25 asambleístas y puede contar con la Izquierda Democrática (16 asambleístas), los 25 de PK y 8 independientes. Así, incluso si el PSC y el correísmo no se sumaran, tendría mayoría para proyectos de ley de ese tipo.

Sin embargo, el panorama cambia por completo cuando se piensa en reformas de fondo como, por ejemplo, la de la Seguridad Social o la nueva ley laboral. El gobierno no piensa tocar el Código de Trabajo que data, en su parte medular, de 1938: enviará a la Asamblea otro código de trabajo, llamado Ley de Oportunidades de Empleo, que cobije a los casi seis millones de personas que no tienen un trabajo adecuado. Es factible, en esas circunstancias, que no haya los votos porque Pachakutik y el correísmo no son, precisamente, fuerzas modernizadoras. En ese escenario, el Gobierno, incluso con los votos del PSC, no tendría mayoría. Es probable, además, que la Izquierda Democrática no vote en bloque: tiene fuerzas que siempre se sintieron más cómodas con el correísmo que con Guillermo Lasso. En ese punto, el recuerdo de Wilma Andrade pateando el muñeco del candidato de CREO, o intentando que su partido permaneciera neutro en la segunda vuelta, es revelador.

Es usual, en estos casos, que el oficialismo trate de romper bloques. Es una práctica que lesiona la institucionalización de los remedos de partidos que tiene el país, favorece la corrupción y motiva a los asambleístas a convertir al Ejecutivo en su rehén. Las cifras indican, para agravar el caso, que el Ejecutivo tendría que partir por la mitad el bloque de Pachakutik y disgregar seriamente al correísmo.

El presidente hubiera podido plantear ante los ciudadanos y la sociedad política, una suerte de canje entre medidas sociales y reformas para reactivar y modernizar el país. Esto al parecer no ocurrirá. Lo que está haciendo, por ahora, es cimentar su alianza sin agenda con Pachakutik y los independientes. Dos puntos tiene a su favor: neutraliza la alianza entre el correísmo y el PSC (producto de la ruptura del acuerdo que incluía la creación de la comisión de la verdad) y aísla a Leonidas Iza que sueña con repetir las jornadas de octubre de 2019.

En términos políticos, Guillermo Lasso ha construido un escenario ideal en las circunstancias políticas lamentables de las cuales no sale el país. Ese puede ser un ‘modus vivendi’ que conviene al presidente y a las fuerzas que le acompañan. Pero la modernización no emanará, entonces, de la Asamblea. Los quiebres que el país necesita tendrán que darse en las urnas. También Jaime Nebot promocionó una consulta popular, pero las preguntas que propuso más parecían promesas de campaña que decisiones sobre los dilemas que debe zanjar el país para salir de los círculos viciosos que lo asfixian. El presidente Lasso puede congeniar dos realidades esenciales en este momento: cuidar a los más pobres y pedir al país que decida su futuro.