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Lasso y Nebot, condenados a estar juntos

Juntarse para achicar el espacio de aventureros de todo pelambre. Nebot y Lasso tienen trabajo.

Guillermo Lasso y Jaime Nebot se reunieron a charlar en el terminal Terrestre de Guayaquil. Lo hicieron y grabaron el intercambio que mantuvieron durante 56 minutos. Verlos tan efusivos, incluso en sus desacuerdos, retrotrae a los eventos inexplicados que los mantuvieron distantes, y que pusieron fin a una amistad que ahora rememoran sentados, en alguna parte de una obra que es icónica en Guayaquil y en cuya construcción intervinieron, en forma determinante, los dos.

Si hubiera sido grave la desavenencia no se hubiera sellado. Y si no fue grave, hay muchas preguntas que quedarán sin respuesta. Y sin piso muchos comedidos que avivaron ese desencuentro. El hecho cierto es que los dos son guayaquileños, hacen parte -con matices- de la misma tendencia política, han hecho un acuerdo que los compromete a ellos y a sus partidos y están embarcados en la misma empresa: llevar a Guillermo Lasso a Carondelet y sumar el máximo de representantes en la próxima Asamblea.

Lasso y Nebot se volvieron a topar por circunstancias políticas. Por necesidad de lado y lado. El PSC, antes de llamar a Lasso, tocó las puertas de Otto Sonnenholzner y de Álvaro Noboa. Lasso es su locomotora electoral en una elección que pesca al PSC en plena transición por el retiro de la lid electoral de Nebot y la carencia de un cuadro político con aliento triunfador. Lasso gana un aliado valioso que puede aumentar su caudal electoral en ciertas provincias; un plus indispensable y bienvenido en un tablero presidencial tan disperso que cualquier porcentaje consistente puede hacer la diferencia.

La emergencia electoral los volvió a juntar. Pero es indudable, por lo que se ve, que la cercanía personal ha vuelto y eso también ha contribuido a densificar las coincidencias políticas. En todo caso, Nebot y Lasso han producido la mayor alianza política en esta elección. Y se han echado al hombro una tarea política que, por el contexto de crisis económica y sanitaria y la situación de descomposición institucional, social y moral, va mucho más allá de una alianza electoral. De hecho, Lasso lo acaba de decir en una entrevista con Alfonso Pérez en la cual evocó, sin profundizar, que de ganar la alianza debería mutar a acuerdo de gobierno.

Aquí, de nuevo, puede más la premura de las circunstancias que el deseo de los responsables políticos. Gane o no Lasso, el país requiere que las fuerzas democráticas sumen masa crítica. Sacar al país de la crisis y propiciar los saltos que tiene que dar o, en el peor de los casos, evitar que caiga en la dinámica que vive Venezuela, es una tarea que no puede ser trasladada, como se oye en la conversación del terminal terrestre, a los ciudadanos.

El reencuentro de Lasso y Nebot subraya un hecho que el país desconoce: el enorme potencial que encierra la sensatez política cuando se pone al servicio del interés público. Y la sensatez política, en todos los partidos, es lo que necesita el Ecuador. Con ella se compromete, en primer lugar, a las élites de todos los bordes para que lideren o acompañen los procesos de cambio sin los cuales el país está condenado a reiterar diagnósticos y males en forma irremediable.

El reencuentro de Lasso y Nebot es una señal positiva de lo que deben y pueden hacer responsablemente los políticos. No solo juntarse para ganar elecciones. Juntarse para cambiar el país y mejorar la vida de sus ciudadanos. Juntarse para dar contenido a la democracia y probar que los valores que reclama la República producen resultados gratos para los ciudadanos. Juntarse para achicar el espacio de aventureros de todo pelambre. Nebot y Lasso tienen trabajo.