Premium

Sophia Forneris | Cuidar o simular

Avatar del Sophia Forneris

Los países que han construido sistemas de salud sólidos no lo hicieron por carisma. Lo hicieron por método

La salud pública no suele ser tendencia. No genera aplausos. No viraliza. Pero es el termómetro más honesto de cualquier país. Y el nuestro marca fiebre alta desde hace años.

No está mal que el vicepresidente tenga a su cargo una cartera en un momento crítico. Lo que está mal es que áreas tan complejas como la salud pública se traten como cuotas políticas o espacios de aprendizaje improvisado. Un sistema sanitario no se administra por intuición. No se dirige desde el voluntarismo. No se improvisa.

Alguien formado en diseño de moda puede ser brillante en su campo. Pero la medicina, la epidemiología, la gestión sanitaria y las políticas públicas son otra disciplina. Con otro lenguaje. Con otras responsabilidades. Con consecuencias vitales.

Los países que han construido sistemas de salud sólidos no lo hicieron por carisma. Lo hicieron por método. Comparten patrones claros: ministerios liderados por perfiles técnicos, planificación a largo plazo, inversión sostenida, fortalecimiento de atención primaria, sistemas de información robustos y evaluación permanente. No son modelos perfectos, pero funcionan porque entienden que la salud es un pilar estratégico del desarrollo.

Un buen líder sanitario no es necesariamente un buen comunicador. Es, ante todo, alguien que entiende cómo se financia un sistema, cómo se organiza, cómo se prioriza, cómo se mide. Alguien capaz de sentarse con el ministro de Finanzas, con gobiernos locales, con universidades, con organismos internacionales, y hablar el mismo idioma técnico.

En cinco años, países que apostaron por estas rutas lograron reducir mortalidad evitable, ampliar cobertura, digitalizar historias clínicas, estabilizar su personal sanitario y garantizar acceso a medicamentos esenciales. Cinco años bien ejecutados cambian trayectorias.

Ecuador hoy tiene lo contrario: fragmentación institucional, rotación constante de autoridades, ausencia de planes sostenidos y una ciudadanía que ya no espera milagros, sino apenas sobrevivir al próximo trámite.

No estamos mal porque seamos pobres, sino porque decidimos, como clase política, que la salud nunca sea prioridad real. Y eso es una decisión.