Cartas de lectores | La calidad de la clase política en Ecuador

Este es un pequeño bosquejo de la realidad que vivió el Ecuador en la década de los años treinta

Nuestra política siempre ha estado salpicada por los personajes de turno que han hecho demagogia en pro de sus intereses, sin importar la suerte del país. Así tenemos que en 1932 se produjo la descalificación del presidente electo Neptalí Bonifaz, a quien acusaron de tener intereses oscuros que beneficiaban a Perú, cuya falsedad ha sido probada; no había indicios, ni complicidad. Más bien, cayeron en el trillado argumento de ‘no perder con votos lo ganado con las armas’, y se mantuvieron en el poder con elecciones fraudulentas, como fue el caso de Eduardo Guerrero Martínez, ‘el eterno encargado del poder’. Fue precisamente quien demostró su habilidad para mantenerse en el cargo, sin importarle la opinión pública que reclamaba que se actúe con firmeza en bien de la salud de la patria. El doctor José María Velasco Ibarra fue elegido presidente de la Cámara de Diputados que, sin argumentos válidos, entregó el poder a Martínez Mera, quien ya era un personaje conocido en el país y tenía la ventaja de un florido discurso que movía a las masas y quien llegó a decir: “dadme un balcón y seré presidente”. Este es un pequeño bosquejo de la realidad que vivió el Ecuador en la década de los años treinta, y se reafirma el principio de que los políticos ecuatorianos han hecho del poder una plataforma de ventajas personales, poniendo al país en segundo plano. Desde esa fecha, el Ecuador no ha cambiado si nos atenemos a la ‘calidad’ de la clase política que, con las variaciones de rigor, ha seguido siendo la misma.

Bolívar Brito Santos