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Andrés Isch | Irreverencia

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No creo en la máxima de que el poder corrompe, sino que tan sólo muestra lo que cada uno es

Hace unos años tuve una reunión de trabajo con una persona de aquellas a las que bajo cualquier parámetro se la consideraría exitosa: prestigioso y ganador en cada ámbito en el que había incurrido; desafió las posibilidades y llegó más lejos de lo que se podía pronosticar para alguien de su origen y características. Tenía, pues, la experiencia y credenciales para rodearse de equipos de alto nivel, pero por alguna razón estaba en una etapa de su vida en la que había escogido, pese a la complejidad de su trabajo, tener a su lado a un montón de aduladores que eran incapaces de decirle no.

Salí de su oficina con la sensación de que sus colaboradores eran egoístas al nublar su perspectiva del mundo, pues cuando en algún momento la realidad terminara de alcanzarlo se enfrentaría solo a sus errores. Y así fue; al final, fracasó en su empresa más importante y fue él el único que no lo vio venir. No le faltó talento, ni presupuesto ni visión, pero careció de algo fundamental para un líder: abrazar la irreverencia.

No creo en la máxima de que el poder corrompe, sino que tan sólo muestra lo que cada uno es. De lo que sí estoy convencido es que a quienes no asientan los pies en la tierra, las luces incandescentes y las largas lenguas les harán sentir eternos e intocables, hasta que un día, enceguecidos y sordos, terminarán por estrellarse. Por eso es tan necesario que los más altos referentes, sea en espacios públicos o privados, tengan siempre cerca a irrespetuosos contradictores, pues serán ellos quienes rescaten la verdad de entre el glamur y señalen a la desinflada vela cuando el viento haya cambiado de dirección.

Equipos diversos que no dependan de la cabeza. Prensa libre y sin miedo. Adversarios éticos. Sin crítica ni objeciones los humanos nos hundiríamos en nuestros propios sesgos. Para triunfar, el liderazgo necesita de una oposición de altura. Se necesita gobernar como antagonista, con la misma energía para identificar errores y plantear soluciones, para librar a las organizaciones y al Estado de quienes conspiran contra sus propios principios. La tolerancia no sólo es un atributo de la democracia, sino una condición ‘sine qua non’ para la victoria.