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Iñigo Balda | Poder a la sombra

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Intervenir para poder arreglar la situación va a tomar mucha sangre, sudor, lágrimas y, en definitiva, dolor

Vandalismo, quema de automóviles, bloqueo de carreteras y terrorismo generalizado es lo que se vivió en todos los territorios donde el Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG) ‘controla’, después de que las fuerzas del orden mexicanas localizaron y ejecutaron al líder de este cartel, Nemesio ‘Mencho’ Oseguera, el último gran capo que quedaba después de atrapar a Joaquín ‘Chapo’ Gúzman, Ismael ‘Mayo’ Zambada e Ivan Guzmán; estos últimos del Cartel de Sinaloa. Con esto quedan ‘descabezados’ los carteles, pero lo que las autoridades saben perfectamente es que siempre sale otra cabeza, o peor, salen muchas y pelean entre sí. Lo único que sabemos con certeza es que, pase lo que pase, la violencia siempre se recrudece cuando esto ocurre.

México tiene un problema de seguridad, pero tiene uno más grande si tenemos en cuenta que la solución del gobierno es ver hacia el otro lado, o llamar fascismo a plantar cara al narco, dejándolo acampar a sus anchas. La verdad es que es un problema complejo, con difícil solución para un negocio que mueve tanto dinero y que es capaz de todo.

¿Por qué no interviene el Estado? La respuesta es fácil, pero la razón complicada, porque la violencia solo trae más violencia. Intervenir para poder arreglar la situación va a tomar mucha sangre, sudor, lágrimas y, en definitiva, dolor. Con la cantidad de dinero que crea el narcotráfico estos tienen una autofinanciación casi ilimitada, financiando ejércitos propios y hasta comprando miembros de los grupos de élite del ejército para que integren sus filas, organizando comandos de élite propios. Están mejor equipados y armados que muchos ejércitos nacionales y no tienen que seguir ninguna ley, por lo que son despiadados. Tomar la decisión de enfrentarlos crearía una verídica guerra civil que se llevaría más por delante, aparte del coste electoral para un político, por lo que hacer la vista gorda (mientras no se crucen unas líneas rojas) es lo que los gobiernos suelen hacer. Los podemos llamar cobardes, pero es una decisión muy complicada de tomar. Bukele la tomó en un país mucho más pequeño, como El Salvador, y le salió bien, pero le pudo salir muy mal. Fue valiente y ahora El Salvador es un país muy seguro; pero este no es México, y la Mara Salvatrucha es una pandilla peligrosa, pero no un cartel.

Este mismo problema lo tenemos en nuestro país hoy en día. Vivimos en un clima de violencia con el que, lamentablemente, nos estamos acostumbrando a convivir, como en zonas de Sinaloa. Los distintos grupos tienen sus peleas por territorios y en muchas ocasiones nos preguntamos por qué no interviene más el Gobierno en pararlos. La respuesta es la misma: ¿qué político quiere pagar el coste electoral de crear una guerra civil en nuestras calles contra grupos criminales a los que les da igual la vida? La verdad es complicada de entender, pero hasta que los países consumidores como Estados Unidos y los miembros de la Unión Europea no se pongan duros contra el consumo de estupefacientes, ahogando sus redes de financiación y parando la compra y venta en los países de destino, poco pueden hacer países como el nuestro para plantarles cara.