Jorge Luis Jalil | La alfombra roja de la hipocresía
La moral ajena es un espectáculo y motivo de indignación; la propia, mucho más flexible
La última ceremonia de los Grammy dejó una escena ya conocida: aplausos, chistes fáciles y dardos morales dirigidos al gobierno de Donald Trump y a ICE.
Desde el escenario más glamoroso del planeta se dictó cátedra ética, como si el micrófono convirtiera la indignación selectiva en virtud. El ánimo no es justificar para nada los excesos de ICE, solo que ninguna verdad es absoluta.
La contradicción es evidente. Muchos de quienes condenan al “Estado represor” hacen malabares fiscales con estudios en paraísos tributarios y fundaciones opacas. Hablan de justicia social mientras optimizan impuestos con la misma creatividad que critican a los empresarios. La moral ajena es un espectáculo y motivo de indignación; la propia, mucho más flexible.
También hay una hipocresía más cotidiana. Los mismos artistas que exigen fronteras abiertas protegen sus mansiones con muros, guardias armados y cámaras. Nadie entra a sus casas sin invitación. Nadie se acerca demasiado. Seguridad privada, vida muy privada. ¿La solidaridad? Casi siempre ajena.
El tercer ángulo es el más incómodo. Se alegan supuestos escándalos sexuales de unos, mientras se guarda silencio -o se mira al costado- frente a depredadores conocidos y reales que habitaron y aún habitan la industria. Diddy, R. Kelly, Chris Brown, entre otros. Allí el silencio fue unánime y rentable.
Finalmente, la memoria es corta. Cuando los presidentes en funciones fueron de otra línea, las deportaciones no se detuvieron, incluso alcanzaron récords. Entonces no hubo monólogos virales ni sarcasmos celebrados por presidentes que lo que hacían era cumplir la ley. La crítica depende de qué tanto agrada a las élites del entretenimiento el inquilino en la Casa Blanca, no del acto.
La industria del entretenimiento confunde conciencia con aplauso. Moraliza cuando conviene, calla cuando incomoda y factura siempre. Tal vez el problema no sea a quién critican desde el escenario, sino desde dónde y con qué autoridad. Porque la coherencia -esa sí- no se compra con un Grammy.