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Jorge Luis Jalil | Bienvenido a nosotros

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La paternidad no llega con manual ni con la ilusión tranquilizadora de que uno ya lo tiene resuelto

En diez días llegas. Y aunque ya sé lo que viene -el agotamiento, la madrugada sin nombre, ese amor que aparece de golpe y no pide permiso ni da explicaciones- no estoy listo del todo. Lo viví con tu hermano y aprendí que nadie lo está nunca del todo. La paternidad no llega con manual ni con la ilusión tranquilizadora de que uno ya lo tiene resuelto. Llega como llega: desordenada, enorme, y bastante más real que cualquier otra cosa que uno haya vivido hasta entonces.

Lo que más me impresiona en todo esto es tu madre. Verla ser mamá no tiene explicación fácil ni corta. Hay una entrega en ella que admiro profundamente y que me exige ser mejor persona sin que ella lo pida ni lo mencione jamás. No lo hace para que la vean ni para que se lo reconozcan. Lo hace porque es quien es, porque así está hecha por dentro. Llegas a un hogar donde ella es el centro de todo, y eso, aunque hoy no puedas saberlo todavía, lo vas a agradecer toda la vida.

Los dos queremos lo mismo para ti y para tu hermano: que sepan que son amados sin condiciones. No por las notas ni por lo que logren afuera. Que esa certeza sea el piso desde el cual construyan todo lo demás, porque el mundo que les espera va a exigirles más de lo que hoy imaginamos. Menos certezas, más ruido, más velocidad. Frente a eso, un hijo que sabe quién es y de dónde viene tiene una ventaja que ningún título puede otorgar.

Por eso lo más importante que podemos darles no son oportunidades sino carácter. Enseñarles a valorar lo que tienen, no con sermones sino con el ejemplo. Que vean a sus padres agradecer lo cotidiano, celebrar lo que cuesta, construir en lugar de solo consumir. La gratitud no se explica. Se contagia. Y una generación que valora y construye es exactamente lo que este país y este continente necesitan.

Voy a equivocarme contigo. Lo hice con tu hermano y lo haré contigo también. Pero hay una sola cosa en la que no estoy dispuesto a fallar: que nunca dudes de que te quiero. Que eso no lo tengas que adivinar ni salir a buscarlo en otro lado.

En diez días. Ya casi, hijo.