¿Quién gana? ¿Quién pierde?

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¿Quién gana? ¿Quién pierde?

¿Han quedado facturas pendientes a cuenta del resentimiento, la inseguridad en el cumplimiento de las reglas de juego sociales básicas que se supone permiten el libre desenvolvimiento de los ciudadanos?

Es demasiado temprano al momento de escribir esta columna, el viernes 1 de julio, para hacer un balance del paro que tuvo al país en vilo más de 18 días. Lo más peligroso son las generalizaciones, por más buena voluntad que impliquen. Decir, por ejemplo, que el país ganó porque se terminó el paro resulta ingenuo, por decir lo menos. Se logró, pero, ¿a qué precio? O, lo que es lo mismo, ¿qué facturas se tuvieron que pagar con el agravante de que no estaban previstas? Ucrania está pagando por ejemplo un alto precio. Pero su ganancia, si es que se mantiene, es su dignidad, su condición de ser nación soberana, que es algo que les enorgullece a los ucranios a diferencia de otros países donde no existe en cambio ese orgullo.

Están por un lado las facturas de pérdidas de vidas inocentes, de heridos, algunos seriamente lesionados, de forma física y todos síquicamente. También en pérdidas millonarias en producción en todos los sectores estratégicos del país, lo que implica humanamente empleos y disminución de remuneraciones, además de la destrucción de vías, lugares públicos, locales de trabajo, vehículos de todas clases. Y por supuesto, la imagen internacional del país expresada numéricamente en el indicador “Riesgo país”, pero vivida con intensidad en el turismo internacional y nacional, la marca país.

El tema más grave sin embargo es, como se indicaba en el artículo de la semana pasada, el daño al tejido social, es decir a la confianza, a la seguridad de vivir en una sociedad lo suficiente madura para dirimir sin autodestruirse sus diferencias. ¿Han quedado facturas pendientes a cuenta del resentimiento, la inseguridad en el cumplimiento de las reglas de juego sociales básicas que se supone permiten el libre desenvolvimiento de los ciudadanos? ¿Ha quedado exorcizado el mal pensamiento de que la única forma de reclamar y de que le hagan caso a determinados grupos de ciudadanos en sus demandas es imponerse a base de destrucción sin tener miedo a las consecuencias porque la impunidad es más conveniente? ¿O quizá que, después de todo, lo mejor es voltear la página y mirar adelante porque no pasará otra vez más y si pasa ya veremos cómo lo afrontamos?