Columnas

¿Qué quemamos?

"Entre nosotros, “la hoguera bárbara”, un episodio inusitado de crueldad y de violencia sin parangón en la historia del país"

Año Nuevo, década nueva, ¿vida nueva? Las calles ya están limpias de las cenizas de los “años viejos”. Pero se sigue lanzando botellas de plástico a la carretera, fundas vacías, restos de todo lo posible. Pese a la quema o quizá gracias a ella, seguimos siendo felizmente irresponsables: nada con lo que contaminamos nos afectará. Por lo menos el fuego, en este caso, no nos ha purificado de nuestros malos hábitos. Las fotos del amanecer del primero de enero de este año del malecón de Salinas ponen en duda que, como país hemos dejado de ser depredadores, aprobados por la indiferencia general.

Como todo documento cultural, la quema tiene antecedentes históricos siniestros. En 1431, en plena “guerra de los cien años”, a los herejes, tanto católicos como protestantes, se los incineraba: desde Juana de Arco, hoy santa, pasando por Miguel Servet, condenado dos veces a la misma pena, hasta Giordano Bruno en la Florencia de los Médicis. En 1933, después del incendio del Reichstag, se lanzaron a la hoguera los libros que expresaban la compleja cultura europea de lengua alemana: Stefan Zweig, que ahora vuelve a ser recuperado, ya no como biógrafo sino como narrador; Sigmund Freud, que develó el lado oscuro de la razón; Thomas Mann, que advirtió sobre las fuerzas destructoras presentes que culminaron en 1914. Entre nosotros, “la hoguera bárbara”, un episodio inusitado de crueldad y de violencia sin parangón en la historia del país.

Condescendamos: lo que se trata en la quema de la medianoche del 31 de diciembre de cada año, es simplemente divertirse. Hacer ruido. Iluminar la noche. Máximo convertir en ceniza los malos momentos, los recuerdos ingratos, las tristes noticias. Sin embargo, los personificamos en los héroes de las sagas del momento. Quizá porque al despojar de rostro lo que nos afecta, podemos seguir confiando en que nada va a cambiar, como nuestros malos hábitos de contaminación irresponsable o, peor aún, nuestros resentimientos culturales, como los que se desplegaron en octubre pasado y que hoy continúan, como amenazas prontas a agredirnos.