¡Arriba y adelante!

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¡Arriba y adelante!

Sin embargo, en la figura pretendidamente luminosa del candidato, aparecían ya los puntos oscuros que irían aumentando a lo largo del sexenio’.

El inicio del sexenio del presidente Luis Echeverría Álvarez (1970-1976) tuvo el efecto de sacudón en la política mexicana.

A la figura avinagrada y endurecida, sobre todo después de la matanza del dos de octubre de 1968 en Tlatelolco, del presidente saliente Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970), sucedía un presidente casi eléctrico, que, “casi no duerme, ni orina, sino quiere”, según le comentaron a Julio Schérer, director de Excelsior en esos días de campaña presidencial.

Arriba y adelante fue el lema de campaña de Echeverría: retumbante pero estratégicamente ambiguo. Sin embargo, en la figura pretendidamente luminosa del candidato, aparecían ya los puntos oscuros que irían aumentando a lo largo del sexenio.

Sobre Echeverría pesaba su complicidad o incluso su responsabilidad absoluta en la toma de las decisiones que llevaron a la matanza de Tlatelolco. Secretario de Gobernación de Díaz Ordaz, no podía desconocer lo que estaba sucediendo esa fatídica noche.

En su defensa, ya en el gobierno y después, en entrevistas posteriores, prácticamente dejó la responsabilidad en Díaz Ordaz.

Para quienes lo acusaban de haber tenido la total responsabilidad en el evento, Echeverría habría encerrado al presidente en una atmósfera tóxica de conspiraciones y amenazas al poder que terminaron en la violencia y la muerte de jóvenes inocentes.

“En las conversaciones personales sostenía la mirada en la mirada que le hurgaba o se le rendía.

En público su voz sobresalía y sus carcajadas retumbaban. Hacía sentir una personalidad de atleta, sin espacio para la fatiga”, describe a Echeverría, Julio Schérer, en Los presidentes.

“Lo invité a jugar golf temprano. Llegó al amanecer”, ironizaba Díaz Ordaz sobre su sucesor.

Una relación perversa une a ambos presidentes: “A mí me hacían los chistes por feo, no por pendejo”, dedicaba Díaz Ordaz a Echeverría.

En la búsqueda del poder sin límites, incluida la figuración internacional, Echeverría caminó en su sombra.