Columnas

¿Y ahora qué?

EJERCICIOS DE LA SOSPECHA. Escrito en piedra: la pillería de unos pocos la pagan los demás.

Lo peor que le puede pasar a una sociedad frente a la corrupción es el silencio. Son siempre las mismas y escasas figuras las que denuncian y se pronuncian, valientemente, contra la corrupción generalizada.

¿Qué piensan las generaciones jóvenes que están en la mayoría de edad y asisten, no sabemos en qué calidad, a estos espectáculos de injusticia y degradación moral? ¿Lo toman resignadamente, como uno de los rasgos constitutivos del país en que nacieron y que hoy se les presenta de cuerpo entero? ¿Se sienten frustrados, encolerizados, impotentes o hacen como si todo esto no tuviese nada que ver con su subjetividad, su “burbuja” que les proporciona todas las ventajas y cegueras del aislamiento?

¿Qué piensan los sectores medios que van a tener que pagar de sus bolsillos vía impuestos y tributos las fechorías de otros de su mismo estrato social que nunca devuelven en general lo robado? ¿Qué pesará más en su ánimo: la “hazaña” de haber podido pasar, en cinco o siete años, de modesto empresario o empleado en relación de dependencia a multimillonario del jet set? ¿La condena por razones estrictamente morales: “las personas honradas no se comportan así”?; ¿La frustración de no haber podido hacerlo y el alivio secreto de que si se dan las oportunidades, “vida no hay más que una”? ¿O, finalmente, la convicción de que ese dinero no es de nadie y que por tanto está a la mano de quien pueda cogerlo?

Ya empezaron las respuestas a estas preguntas. Cientos, quizá miles de personas han conseguido carné de discapacidad para poder importar carros sin ningún tipo de tributos o aranceles, o pagar por lo menos la mitad de los mismos. Lo público es de todos.

Ante estos saqueos de toda índole, no solo económicos sino también éticos, sociales, en el sentido que abarcan a los valores de la sociedad entera, el Estado reacciona como siempre. Sube impuestos y tributos a las personas que trabajan y a las empresas que dan trabajo, que son precisamente las que dan credibilidad al pacto por el que vivimos asociados.

Escrito en piedra: la pillería de unos pocos la pagan los demás.