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Diario Expreso Ecuador

Joaquín Hernández: A propósito de Habermas

Los libros de Habermas parecen hechos para expertos que tratan de poner en categorías los problemas del ser humano

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Coincidió la noticia de la muerte de Jürgen Habermas, filósofo alemán, ampliamente conocido en el mundo universitario y autor de múltiples libros, cuando dictaba un seminario sobre la obra del pensador francés Michel Foucault. Pese a ser contemporáneos, no existió relación intelectual ni personal entre ellos, a no ser un acontecimiento que relata Didier Eribon en su libro Foucault y sus contemporáneos.

Foucault nunca se ocupó en sus obras de su colega alemán y éste en cambio sí, en su libro El discurso filosófico de la modernidad, en el que defendía la vigencia de la razón ilustrada frente a autores que la cuestionaban o trataban de pensar más allá de ella, como Heidegger o el propio Foucault. Para el filósofo alemán, la modernización de los países occidentales habría sucedido a partir de la autoconciencia de la razón, basada en la crítica y en la libertad.

Para él no habría razón actualmente, y pese a todas transformaciones de la sociedad, para hablar de una especie de acabamiento de la modernidad -una postmodernidad-, sino de que esta se encuentra pendiente aún en su realización: es un proyecto inacabado. Habermas era claro en las intenciones de este libro y las causas que le habrían motivado a escribirlo. Los aspectos filosóficos de la cuestión, dice en el prefacio, “han penetrado más profundamente en la conciencia pública al traducirse las obras de los neoestructuralistas franceses, y también se ha generalizado el término de batalla posmodernidad a raíz de una publicación de F. Lyotard.

El desafío que implica la crítica neoestrucuralista a la razón constituye la perspectiva desde la que trató de reconstruir paso a paso el discurso filosófico de la modernidad”. Las premisas de la Ilustración están muertas porque no hay relación entre estas y el proceso de modernización de las sociedades occidentales.

Foucault, para Habermas era el representante de un antimodernismo despiadado y de un irracionalismo que privilegiaba una fuerza poética dionisíaca. Para el francés, el alemán era el representante del pensamiento universal abstracto, típico de la academia, ajeno a lo que constituía la real peripecia humana.

Razón no le faltaba: los libros de Habermas parecen hechos para expertos que tratan de poner en categorías los problemas del ser humano. Algunos, a propósito de su muerte, comentaron entre nostálgicos y críticos que su obra tiene poco que decir al mundo de hoy, afiebrado por el simulacro y las rupturas permanentes.

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