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Joaquín Hernández | Principio y fin de una utopía

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Primero fueron los propios intelectuales cubanos que se negaron a subordinar el arte a los objetivos políticos del régimen

No recuerdo haber leído entre los autores marxistas promocionados por la Revolución Cubana el nombre de Antonio Gramsci. Este pensador italiano es uno de los referentes históricos del concepto de guerras culturales y líder de la corriente del marxismo europeo, contrapuesto al modelo leninista. Sostenía que para que la izquierda triunfase era necesaria la transformación cultural de la sociedad, lo que implicaba una alianza con el mundo de los intelectuales y la cultura y no la toma del poder por un equipo de estrategas y tácticos. Si los revolucionarios cubanos no mencionaron expresamente al marxista italiano entre sus autores clave, supieron ponerlo en práctica hasta que fue imposible mantener la identificación de la narrativa subversiva con el pensamiento crítico y autónomo de los intelectuales.

Uno de los atractivos de la Revolución Cubana fue su identificación con el mundo de la cultura. Al principio la alianza entre pluma y fusil fue perfecta: basta recordar el viaje de Sartre y de Simone de Beauvoir a Cuba en los comienzos de los 60 y su adscripción a la causa que culminó en el propagandístico libro Huracán sobre el azúcar, que dio carta de ciudadanía entre la intelectualidad europea a la insurgencia de los Castro. También al matrimonio perfecto entre los autores del entonces reciente ‘boom’ de la literatura latinoamericana con instituciones culturales del régimen: Casa de las Américas, por ejemplo. O la presencia del mito de la revolución en la música, desde Carlos Puebla hasta la Nueva Trova Cubana. El viaje a La Habana se convirtió en jornada obligada de peregrinación de todos quienes defendían al ‘hombre nuevo’ y a los sueños de la utopía revolucionaria.

El matrimonio no duró. Primero fueron los propios intelectuales cubanos que se negaron a subordinar el arte a los objetivos políticos del régimen y que manifestaron además valientemente sus diferencias: Guillermo Cabrera Infante fue uno de los más representativos. Entre los extranjeros, Jorge Edwards, que se negó a taparse los ojos ante el aparato de persecución del régimen y por eso fue declarado ‘persona non grata’. Y la ruptura con algunos de los escritores del ‘boom’: Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes, por ejemplo. O la demostración ejemplar de que se podía ser intelectual sin tributar a las utopías, como Octavio Paz. Fue, sin embargo, Roberto Bolaño, quien en una frase dio por concluido el matrimonio mantenido por décadas: “soñábamos con una utopía y nos despertábamos gritando”.