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Quito

Pero seguramente los tomadores de decisiones políticas tienen elaboraciones sofisticadas sobre cómo segregar comunidades va a aportar. Veremos.

La gente que estudia el conflicto afirma que el miedo es uno de sus principales gatilladores. La gente que estudia el miedo, por su lado, concluye que los humanos tememos sobre todo lo desconocido, aquello que no es familiar. Es instinto de supervivencia.

Vemos pruebas conversando con personas que han viajado por mundo y con gente que lidia con temibles animales. Aunque objetivamente los tiburones son peligrosos, la mordida de cierto tipo de perro es mortal; para quienes conviven con esos animales todo el tiempo, mediando ciertas pautas el riesgo desaparece. Son aquellas reglas que han aprendido con la familiaridad.

Igual quien ha viajado y conocido de muchas culturas pierde el miedo a las diferencias culturales y “raciales”. Logran integrar patrones de conducta que permiten navegar las diferencias.

Segregar comunidades para controlar o prevenir la proliferación de COVID-19 es una idea bastante básica, fundamentada seguramente más en el miedo y en el instinto que en la ciencia. Tal vez algo hay también de limitaciones operativas de autoridad.

Segregar contradice el más importante de los criterios que siglos de ciencia han aportado sobre los virus, con aparente consenso, a saber que las dos mejores estrategias contra las pandemias son eminentemente de integración social.

La consecución de inmunidad de rebaño es la mejor estrategia epidemiológica disponible, a tal punto que en eso mismo consiste vacunar. Pero, aunque sean necesarias exclusiones funcionales para poblaciones de riesgo, la inmunidad de rebaño solo se logra con integración social, no con la segregación espacial decidida por una autoridad.

Prevenir es la otra estrategia dominante frente a las pandemias. Y en esa sí que la segregación espacial no sirve de nada. Para prevenir se necesitan redes sociales fuertes, con liderazgos capaces de amplificar conductas deseables. En un mundo globalizado sabemos que un virus no se puede combatir en un barrio.

Pero seguramente los tomadores de decisiones políticas tienen elaboraciones sofisticadas sobre cómo segregar comunidades va a aportar. Veremos.