Columnas

Peras al olmo

"El debate político termina entonces parecido a la conversación de Alicia con la Liebre de Marzo"

La primera cosa que aprenden los estudiantes de ciencias políticas es a distinguir entre el ser y el deber ser. Entre la descripción de la realidad política tal cual es y la destemplada queja que va junto a la propuesta ideológica. Lo primero es ciencia, lo segundo no.

Desde los extremos de derecha e izquierda se debaten infinitos deber seres. Los opinadores están seguros de que sus afirmaciones tienen algún valor pero nadie es capaz de probar objetivamente nada. Todos describen en prosa un cierto deber ser, tan prejuiciado y subjetivo como sus múltiples realidades sociales. El debate político termina entonces parecido a la conversación de Alicia con la Liebre de Marzo y el Sombrerero loco; divertido, atribulado, pero no lleva a ningún lado.

Entonces llega una votación, gana una visión del deber ser y todo empieza de nuevo. Nos guste o no Lenín, es lo que tenemos. Nos guste o no Lasso, Sonnenholzner, Iza o Nebot, es lo que tenemos. Nos guste o no, la más cruda descripción de esta realidad es que proyectamos en los políticos expectativas e innumerables variantes del “deber ser”, pensando que basta describir el bien para que se produzca.

En las ciencias exactas hay coincidencia experimentalmente verificable entre el ser y el deber ser. Aquí no.

Por eso, de entre los precursores de la ciencia política moderna me gusta recordar a Max Weber, descriptivo, crudo, despojado en lo esencial de sus trabajos de todo deber ser. Para Weber el Estado y la burocracia moderna no responden a los intereses de los mandantes sino a quienes los conforman y controlan; y el Estado y la burocracia modernas están justamente diseñados para aparentar lo contrario: lenguajes técnico-legales, procesos infinitos de difícil control y verificación. Así se legitima, en el aburrimiento o en el desconocimiento, el uso de los recursos de todos, incluida la libertad.

Bien haríamos por ende en reconocer que, pedirle al Estado moderno funcionarios probos, que rindan cuentas, que muestren con claridad su alineamiento con una visión mayoritaria de algún deber ser, es como pedirle peras al olmo.