Columnas

Desazón

'¿Les falta algo a nuestras instituciones que nos sobra a quienes nos sentimos por sobre ellas?'.

Ni el Ejecutivo, ni el Legislativo, ni el Judicial, ni las Fuerzas Armadas, ni las iglesias ranquean bien en los estudios de credibilidad institucional. Ni siquiera la familia se salva del cuestionamiento social.

Esto pasa por supuesto en todo el mundo. Los mismísimos Muppets en una de sus películas sugieren poner en duda absolutamente todo, al son de ‘rock and roll’. Lo hubiera esperado de Animal tal vez, pero nunca de Miss Piggy...

¿Les falta algo a nuestras instituciones que nos sobra a quienes nos sentimos por sobre ellas? Entre las mejores explicaciones que encuentro a este fenómeno está la de Lipovetsky: es la misma ansiedad que tenemos por comprar el primer adefesio que se nos cruza o vivir el minuto como “estrellas” de IG, la que nos hace estructuralmente insatisfechos. Nuestra desazón proviene de la pérdida de referentes y preferencias estables -tan distraídos que vamos en un corre corre sin reparos.

Ante el desarraigo, del que difícilmente saldremos cuando llegue el 5G, solo nos queda recuperar la empatía. Igual de bien como funcionaron en las últimas décadas los intercambios estudiantiles para producir los ciudadanos globales de hoy, ponerse en los zapatos del otro es la única forma de encontrar preferencias estables y alejarnos de la desconfianza.

Por eso luce refrescante la propuesta de un par de politólogos gringos que promueven la lotocracia. A imagen de los jurados ciudadanos gringos, en lotocracia, a todos nos toca dedicar un par de semanas al año a la función pública. Sin entrar a los detalles, interesantes y reconocidos en el debate académico, este ejemplo evidencia que tener piel en los asuntos de gobierno nos permitiría comprenderlos, legitimarlos e identificarnos con ellos.

Lo mismo puede pasar en las demás instituciones. En la familia o en la iglesia, en las preferencias sexuales o políticas, tan bien le hace al crítico vivir la realidad de su criticado como al verdugo ponerse en los zapatos de su víctima. Gran parte del futuro depende por eso de comprender y empatizar con el prójimo.

P.S.: En esto ayuda dejar el ‘smartphone’ a un lado.