Columnas

Cuarta revolución

En nuestras manos está el rol que queremos jugar en la economía del mañana, que ya vivimos hoy’.

Se dice que hemos llegado a la economía moderna luego de tres revoluciones industriales.

La primera revolución llegó con el motor de vapor. La segunda con la electricidad y la producción masiva en serie. La tercera arrancó aun antes del surgimiento del internet, para luego crecer de la mano con la automatización de maquinarias y procesos a control remoto.

Los estudiosos vinculan esta evolución con el predominio sucesivo de los sectores primario, secundario y terciario en nuestras economías. Las economías más pujantes del mundo son las que mayores componentes de sector terciario tienen, ergo las que más rápido han podido liderar y adaptarse a las transiciones industriales.

Hoy y sin darnos cuenta, la producción y la distribución masiva de bienes y servicios opera completamente digital y remota; empiezan a hablarse entre ellos los dispositivos, sensores, controlados también programadamente, en última instancia, por y con personas naturales y jurídicas.

La tecnología va siempre por delante de la política, ni se diga de la ley. Por eso los andamiajes y los vínculos jurídicos sobre los que se basa la cuarta revolución industrial son sensiblemente distintos a los que nuestras economías y nuestros abogados dominan. Incluso de los países más desarrollados, resulta aún sorprendente que mientras más personas tienen acceso a información, conocimiento y tecnología, menos son las personas que controlan el ciclo productivo moderno.

Ojalá pudiéramos hacer algo al respecto, algo tan sencillo como exigir de nuestras contrapartes en el día a día de nuestra vida productiva, la misma inmediatez y conveniencia que esperamos cuando pedimos algo por aplicaciones móviles, para todos los bienes y servicios. Esto aplica por igual en el sector público y en el privado. Lo contrario es caminar hacia escenarios similares al del sur de Italia, el norte de Inglaterra o el ‘hinterland’ industrial norteamericano, lugares que fueron en su época faros de desarrollo, pero son hoy las zonas excluidas de la economía mundial que votan desarraigadamente por desaliñadas propuestas populistas.