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Ana Palacio | Lo que Trump quiere de Rusia

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La Administración Trump parece ver el fin de las hostilidades en Ucrania no como un objetivo final

Las recientes conversaciones entre Estados Unidos, Rusia y Ucrania en Emiratos Árabes Unidos terminaron, como era de esperar, prácticamente donde comenzaron. Sin embargo, este esfuerzo revela la visión de Estados Unidos sobre Rusia y cómo podría ser la relación bilateral tras la guerra, marcada por un enfoque transaccional más que por principios estratégicos duraderos. Al igual que gran parte de la política exterior del presidente Donald Trump, la relación con Rusia parece definida por intereses comerciales, dejando de lado consideraciones como los derechos humanos o el respeto al Estado de derecho.

A diferencia del realismo tradicional, que toma en cuenta limitaciones, dinámicas de poder y objetivos a largo plazo, el enfoque transaccional reduce la política internacional a acuerdos puntuales y evade instituciones y normas. En un mundo posguerra fragmentado esta estrategia puede parecer pragmática, pero los resultados a largo plazo suelen ser precarios.

La Administración Trump parece ver el fin de las hostilidades en Ucrania no como un objetivo final, sino como una oportunidad para reconfigurar relaciones económicas y geopolíticas con Rusia. La retirada gradual de sanciones y barreras comerciales se concibe como un medio para influir en Moscú, aunque de forma selectiva y centrada en incentivos a élites, más que en cambios sistémicos. Este enfoque de ‘pay-to-play’ carece de ambición institucional y difícilmente puede sostener estabilidad económica o política.

Trump asume que consideraciones comerciales priman para todos los líderes, incluidos Vladimir Putin, y cree que los acuerdos comerciales aumentan la durabilidad de los compromisos, debilitando además la relación de Rusia con China. Su estrategia, denominada ‘Nixon a la inversa’, busca reposicionar geoeconómicamente a Rusia hacia Occidente mediante múltiples acuerdos estrechos, controlando la conectividad económica más que fortaleciendo alianzas duraderas.

No obstante, estas suposiciones pueden fallar. La guerra, las sanciones y la redistribución de activos han reforzado un régimen altamente personalizado en Rusia, donde cualquier compromiso es políticamente costoso y la población sigue sufriendo por el conflicto. Incluso si se concretan acuerdos, la dependencia en personalidades sobre procesos y rapidez sobre sostenibilidad erosiona la predictibilidad y las normas internacionales, debilitando la posición de Estados Unidos y amenazando los objetivos europeos.

La integración gradual de Ucrania es central para la Unión Europea, y un acuerdo que la reduzca a moneda de cambio comprometería este proyecto. Europa intenta adaptarse diversificando sus relaciones comerciales con India y Mercosur, pero estas estrategias conllevan costes políticos y no eliminan la subordinación a Estados Unidos en defensa, tecnología y finanzas. Los intentos de mitigar estas dependencias mediante alternativas europeas tendrán resultados limitados a corto plazo.

Mientras Estados Unidos busca victorias rápidas, China actúa a largo plazo: fortaleciendo estándares tecnológicos propios, asegurando cadenas de suministro, ampliando infraestructura financiera y digital, y aumentando su capacidad militar e innovadora. Así, se posiciona para aprovechar la erosión del orden mundial liderado por Estados Unidos.

En un mundo de poder asimétrico y profundas interdependencias, la estabilidad requiere normas vinculantes, instituciones confiables y alianzas duraderas. La política transaccional de Trump hacia Rusia ignora esta verdad básica, augurando una era de volatilidad global de la que China saldrá claramente beneficiada.