Beatriz Bencomo | 13 minutos
Bad Bunny cantó 13 minutos en español frente a la audiencia más gringa del planeta. Trump lo llamó “una bofetada al país”
Tenemos razones para desconfiar. Razones documentadas, enterradas en fosas que no abrimos. El problema no es la desconfianza. Es cuando se vuelve el único instrumento que nos queda. Cuando todo se mira con la misma sospecha, lo peligroso y lo valioso se vuelven indistinguibles. Esa confusión no es accidente: es la industria más lucrativa.
Mientras desconfiamos de todo, también cedemos en todo. Idioma, opinión, espacios. Para encajar. Y cuando alguien no cede y se reafirma su poder, algo se destraba adentro del que mira. Los griegos tenían una palabra para eso: catarsis. No significaba comprensión ni acuerdo. Significaba que un nudo que la vida cotidiana había apretado de pronto se soltaba.
Eso pasó en Santa Clara. Bad Bunny cantó 13 minutos en español frente a la audiencia más gringa del planeta. Trump lo llamó “una bofetada al país”. Y al mismo tiempo, J.J. Watt lo llamó “un vibe”, admitiendo que no entendió una palabra. Rolling Stone preguntó: “¿Qué exactamente de este show alegre molestó a tanta gente?” Un notable guayaquileño me dijo: “No me gusta para nada, pero la rompió”.
¿Qué nos convocó? A muchos, la música. A otros, la política y la identidad latina. A mí, ver a alguien que subió al escenario bajo fuego político y no negoció quién es. ¿Qué tiene que ver Bad Bunny conmigo? A rajatabla, nada. Salvo por el reconocimiento cultural, no comparto su generación, su mundo ni su estética. Y sin embargo, durante 13 minutos, alguien ocupó el escenario más grande del planeta como si no hubiera duda de que le correspondía. Sin ajustarse, sin la mueca del que sabe que está de invitado. Con la certidumbre del que pertenece. Y en eso reconocí algo que no tiene que ver con él sino conmigo.
Es el recordatorio de que bajo una misma bandera conviven culturas y lenguas distintas, cuya contribución merece espacio aunque no todo nos guste. La sed de ver a alguien entero ocupando el lugar que le corresponde no es latina ni gringa. Es humana.
La máquina de negocio más grande del deporte puso a un estadounidense puertorriqueño en su escenario por cálculo, y él convirtió el cálculo en un momento de verdad. La conversación sigue en redes.