Columnas

Análisis electoral

Sin dramas, sin misticismos e idolatrías que solo benefician a los oportunistas.

El nivel de análisis político que escuché durante la noche del domingo pasado es el mejor del que tengo recuerdo en la televisión nacional.

Habiendo pasado yo mismo la pena de explicar en qué consiste la ciencia política a interlocutores que antes solo entendían la política desde la economía o el derecho, me dio mucho gusto ver la calidad de politólogos con los que cuenta hoy el Ecuador.

Presenciamos ese día con claridad la enorme diferencia entre escuchar a un politólogo y escuchar a un economista, a un ingeniero o a un matemático hablar sobre métodos de escrutinio, sistemas de partidos, análisis electoral o probables coaliciones legislativas.

Queda claro que las “licenciaturas en ciencias sociales y políticas” que obtienen los estudiantes de derecho a media carrera son muy distintas a una formación universitaria en esas especialidades. Seguramente pronto cambiará esa absurda confusión denominativa.

Cierto es que el humor incide en todos nuestros juicios y el resultado del domingo, sorprendente por decir lo menos, potenciaba -a ritmo de ‘zapping’- la convencional dinámica del suspenso electoral.

Escuchar a politólogos definir con rigurosidad la democracia, desproveyéndola de misticismos y poéticas referencias con las que a veces nos pretenden activar. Estos profesionales enfatizaban el diálogo, la tolerancia y sobre todo la imprescindible construcción de pactos, aspectos menos escuchados en discusiones de este tipo.

Siendo tan lógico como es que las democracias se caracterizan por negociaciones, regateos y acuerdos, en los que la legitimidad le hace espacio a la legalidad, estamos mal acostumbrados a escuchar a activistas disfrazados de analistas -o encuestadores- haciendo seudoanálisis.

La profesionalización de la política en nuestro país no pasa por que los políticos sean politólogos, pero sí porque estos últimos ayuden a mediar profesionalmente la comprensión de los fenómenos del poder. Entre más profesional sea ese trabajo, mejor la comprensión, mayor la normalización de la política y la medición de sus parámetros. Sin dramas, sin misticismos e idolatrías que solo benefician a los oportunistas.