Jaime Antonio Rumbea | Terrenales

Bien dice el dicho: no hay que pedirle peras al olmo
Todo el mundo trata de buscar culpables para el entuerto actual. Por facilidad, contrariando la psicología moderna, que provee herramientas para todo manipular, terminamos echándole la culpa a la pérdida de valores. Así que, como ejercicio me pregunto, cuando la primera oposición que viene a la mente es la que enfrenta valores religiosos y valores seculares, ¿dónde empezó la educación secular?
Kantorowicz sostiene que fue en Nápoles, bajo Federico II. Allí, a inicios del siglo XIII, nació una universidad distinta: no clerical, no teológica, sino estatal. Y su asignatura estrella no era la teología, sino la jurisprudencia. La ley -no la Biblia- se convirtió en el objeto de estudio. Ese gesto gatilló, según él, la secularización de la educación en Occidente.
Resultó tectónico. La teología enseñaba a ordenar la vida mirando al cielo; la jurisprudencia enseñó a organizar la vida mirando la tierra.
Fue el mismo derecho romano, sistematizado y revivido, que ofreció al príncipe una herramienta para gobernar y a los hombres una forma de convivir que presuntamente no dependía de la gracia, sino de reglas escritas, de contratos, de procedimientos.
Desde entonces, la cultura europea fue modelada por ese cambio de foco y tensión. Y con ella toda la cultura occidental. La moral ya no quedó solo en manos de los confesores; también de los juristas y sus alambicados textos. Y con ellos se alzó el Estado moderno, apoyado en un cuerpo de abogados capaces de traducir en normas lo que antes se discutía en sermones.
¿Hasta qué punto nuestra cultura -su sentido de justicia, su moral pública, incluso sus contradicciones- es heredera de ese giro secular? ¿Cuánto de lo que entendemos por justicia proviene no de una ética trascendente, sino del oficio de los abogados y de la maquinaria estatal por ellos administrada a través de los siglos? Tal vez la pregunta, hoy, no es qué debemos a la religión o cómo regresar a esos valores eternos que idealizamos, sino cuánto le debemos -y cuánto les podemos exigir- a personas con nuestros mismos y terrenales valores: los juristas.