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Diario Expreso Ecuador

Katherine Argudo González

Jaime Antonio Rumbea | Instituciones

No va a ser forzando o idealizando que tendremos las instituciones que imaginamos

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Leo que nos cuestionamos de nuestras instituciones. ¿Qué es una institución? Las definiciones varían, pero el punto común desde hace milenios es su estabilidad y capacidad para sostener interacciones basadas en consenso social.

El derecho romano, posteriormente influenciado y proyectado como derecho latino, y más tarde convertido en canónico para llegar hasta nosotros como derecho civil, nació como una colección de rituales sociales y privados. Nada más lejano de la burocracia estatal moderna. El inicio de las cosechas, los nacimientos, los matrimonios, la propiedad o el comercio eran rituales privados que se resolvían con testigos, cuyo número variaba según la solemnidad del asunto. Hasta la declaración de guerra, la defensa del territorio y los acuerdos de paz eran rituales sociales que involucraban a los miembros de la familia o al individuo, núcleos privados por excelencia. Esa es aún la esencia de una institución: la que involucra, compromete y funciona para la gente.

Recuerdo al actual alcalde de Quito durante su paso por la Asamblea, pues lideró la aprobación de dos importantes leyes que afectan a las instituciones más relevantes del comercio y la burocracia en nuestro país: el Código de Comercio y la Ley de Optimización y Eficiencia de Trámites. Ninguna de las dos ha logrado pleno vigor. Los abogados, supuestos defensores de los derechos de la gente, ignoran muchos de sus preceptos y mandatos; los funcionarios esquivan día a día su implementación, limitando su alcance. Mientras ni unos ni otros se den por aludidos, el papel aguanta todo en nuestro Estado moderno: las instituciones no se crean por ley.

¿Tiene sentido quejarnos de que tenemos instituciones débiles o de que nos falta institucionalidad? Lo dudo. Nuestras instituciones son las que funcionan para la gente y se proyectarán en el tiempo, no las que plasmamos en una ley que queda como letra muerta. No va a ser idealizando ‘instituciones’, ajenas o pasadas, poniéndolas en una ley o un libro, que las haremos nuestras e instituiremos en la práctica. Apuesto a que hay en nuestra crisis de corrupción y narcotráfico más instituciones reales, ocultas y sufriendo de nuestra miopía e ignorancia, que en la justicia formal o en el inexistente estado-nación. Si hubiera una votación real, sin pretensiones burocráticas, maltrechos marcos jurídicos y condicionamientos expertos o elitistas, ¿por cuáles instituciones reales se decantaría nuestro pueblo?

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