Columnas

Fuego

"La recientemente posesionada ministra de Telecomunicaciones ecuatoriana tiene entre manos un menudo desafío"

Toda historia de la civilización asocia nuestro desarrollo al momento en que logramos dominar el fuego. No desprovista de simbolismo, se impone hoy la pregunta: ¿hemos terminado de dominar al fuego?

Si aquella fue la catapulta que nos permitió en un inicio someter los elementos y fundar la civilización moderna, ¿cuáles son las catapultas de las que depende nuestra proyección hacia el futuro?

Recordemos que antes de hacer su propio fuego, los humanos ya habíamos entendido cómo manipular a este “peligroso aliado”. Exactamente lo mismo que pasa hoy con las omnipresentes tecnologías digitales. La manipulación de nuestra vida digital es hoy un hecho: materia de estudio, de control político y de drama mediático, no ha pasado aún de ser solo manipulación. En la esfera digital, a la vez nuestra información pública, privada y nuestras posibilidades ‘online’ son manipuladas, mientras raro sería que alguien afirme que domina el mundo digital.

Tal como lo hicieron en su momento, dominando al fuego, herreros, fundidores, ceramistas, alquimistas, brujos, shamanes o panaderos, los maestros del mundo digital acompañarán por siglos y siglos nuestra vida cotidiana y poblarán nuestros entornos de formas inusitadas. Más que hermosos platos de cerámica, cuchillos o herramientas metálicas, más que preparaciones logradas con distintos grados de cocción, viviremos rodeados de dispositivos y algoritmos que definen desde hoy, ya, las posibilidades que nos ofrece el futuro.

La recientemente posesionada ministra de Telecomunicaciones ecuatoriana tiene entre manos un menudo desafío. Sobre todo en un país rodeado de dilemas políticos y electorales que contraponen la modernidad con autoritarismos

La ministra puede liderar al Ecuador, con la autoridad que le da su rol en la historia, hacia el dominio de la digitalización, o puede mantenernos atados a las eras pasadas. En sus manos está, y afortunadamente parece entenderlo muy bien, nuestro futuro de alfareros, shamanes y alquimistas, de los que hay, más de la cuenta.