Premium

Iván Baquerizo | Más feliz, a pesar de todo

Avatar del Iván Baquerizo

Las sociedades libres no se construyen basadas en ciudadanos cómodos o satisfechos, sino sobre ciudadanos resilientes

Tal Ben-Shahar, en su obra Más feliz, a pesar de todo, plantea una idea tan incómoda como liberadora: la felicidad y la fortaleza no consisten en evitar el dolor -inevitablemente para todos-, sino en crecer a partir de él. La resiliencia, advierte, no es negación del sufrimiento ni optimismo forzado, sino una forma madura y consciente de enfrentarlo con propósito y esperanza.

Ben-Shahar distingue una resiliencia básica -la capacidad física de un cuerpo de volver a su estado original tras una presión- y lo que denomina resiliencia 2.0: la capacidad humana de no solo recuperarse, sino de transformarse y crecer a partir de la adversidad. No regresar a ser el mismo, sino emerger con más carácter, más propósito y más sentido. El dolor no desaparece; se vuelve fértil. Esa idea, aparentemente íntima, hoy tiene una dimensión profundamente política.

Las sociedades libres no se construyen basadas en ciudadanos cómodos o satisfechos, sino sobre ciudadanos resilientes; personas que reconocen la dificultad sin renegar de su responsabilidad ni delegando su destino a un Leviatán paternalista. Cuando una sociedad sustituye la resiliencia por victimismo, el resultado es previsible: más colectivismo y menos libertad.

El victimismo no evita el dolor, lo institucionaliza. La politiquería, siempre oportunista, busca convertir la frustración generalizada en capital político y al individuo en objeto de manipulación. El colectivismo promete redención, pero exige sumisión. Ofrece utopías, pero a cambio de dignidad.

El Ecuador atraviesa una de sus horas más oscuras; violencia, desconfianza y desgaste moral. No faltan los oportunistas que buscan sembrar una narrativa de impotencia individual y colectiva, desplazando siempre la culpa hacia un enemigo abstracto, externo y común; el ‘pelucón’, el explotador, el rico, el oligarca. Pero la historia es clara; los pueblos jamas se han levantado declarándose víctimas perpetuas, sino estando a la altura de las circunstancias. Una ciudadanía incapaz de tolerar la adversidad es una ciudadanía vulnerable al autoritarismo.

Viktor Frankl, en su obra maestra El hombre en busca de sentido -aquel estremecedor relato de la vida en los campos de concentración nazi- lo expresaría con precisión moral: “A un hombre se le puede arrebatar todo, salvo la libertad de elegir su actitud ante cualquier circunstancia”. Esa elección es el núcleo de la resiliencia y también de la libertad.

La resiliencia no se trata de resignación o de simple dureza. Es reconocer que el dolor existe, que es parte de la vida y que no debe someternos. Que el Estado debe imponer ley y orden, pero que nunca puede sustituir el carácter ni el espíritu individual.

El Ecuador no está condenado. Es un país herido, si, pero capaz de sanar y salir distinto, más fuerte y más consciente. Que este nuevo año 2026 sea el año en que recuperemos la convicción de que la libertad se defiende ejerciéndola y logremos revertir esa tara llamada colectivismo. La resiliencia 2.0 no nace del poder; se cultiva en cada ciudadano que decide no rendirse, no doblegarse y no renunciar a su responsabilidad. Ahí, exactamente ahí, renace la esperanza. Feliz año para todos.

¡Hasta la próxima!