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Iván Baquerizo | Del individuo y la masa

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No importa si se develan actuaciones oscuras o incoherencias éticas. Lo que importa es que no se obedeció

José Ortega y Gasset fue un filósofo español, figura central del pensamiento liberal del siglo XX. Su obra abordó la crisis de la modernidad, la cultura de las masas y el rol del individuo en su entorno. Su estilo claro y elegante le permitió divulgar ideas profundas sobre la libertad, la responsabilidad personal y el declive de una sociedad dominada por la mediocridad colectiva.

Advertía en su ‘magnum opus’, La rebelión de las masas, que el hombre-masa no es un proletario ni un burgués; es simplemente “aquel que no se exige nada a sí mismo, sino que se contenta con lo que es”. En política, el hombre-masa no solo es el que se deja arrastrar, sino también el que pretende mandar sin legitimidad moral, el que exige obediencia sin convicción y el que desprecia la conciencia individual como amenaza al orden.

Aquel fenómeno que denunciaba Ortega un siglo atrás hoy se repite en nuestra partidocracia criolla. En días recientes, ciertos líderes partidistas han reaccionado con indignación porque algunos asambleístas de su bancada han decidido actuar independientemente. Decidieron pensar. Y eso, en la masa, es un acto subversivo.

Lo que subyace no es otra cosa que la antigua enfermedad que tanto daño le ha hecho a la humanidad: el colectivismo. Aquella ideología que idolatra a la masa y niega al individuo. Que exige sumisión total en lugar de deliberación democrática. Que transforma a los partidos en manadas y a sus líderes en patrones. Un esquema que mide la lealtad según el grado de obediencia, y donde la independencia se considera traición.

Por eso, cuando un individuo se atreve a disentir es considerado más siniestro que Efialtes, aquel pastor deforme que traicionó a los espartanos en las Termópilas. No importa si hay una objeción de conciencia o si es el propio líder quien se cambia de camiseta. No importa si se develan actuaciones oscuras o incoherencias éticas. Lo que importa es que no se obedeció.

En el Ecuador, muchos partidos se han convertido en franquicias personales, donde los movimientos tienen nombre o referencias a sus dueños. Sus líderes no inspiran; ordenan. No conducen ideas; reparten cuotas. No forjan convicciones; exigen obediencia.

En el liberalismo clásico, por el contrario, se reconoce al individuo como el eje de toda arquitectura política sana. Como escribiría el propio Ortega: “Ser individuo es no ser masa”. Y serlo implica pensar, disentir cuando quepa, y anteponer el criterio propio y la responsabilidad moral al servilismo. Porque como diría Ayn Rand: “Cuando el hombre trabaja para el bien de otros por mandato y no por elección, es un esclavo”.

El verdadero liderazgo político -ese que distingue al estadista de las cotorras- no es el que demanda obediencias sumisas, sino el que es capaz de inspirar, influir y guiar a otros con responsabilidad. El cacique exige sumisión; el líder genera confianza.

Hayek advertía que una sociedad que reprime la independencia termina abrazando la servidumbre. Pero Ortega lo dijo con mayor crudeza aún: “La política se ha convertido en un espectáculo para gentes cínicas, resentidas o ignorantes”. Esa es la tragedia de la masa: no solo atrae a los mediocres, sino que espanta a los libres.

¡Hasta la próxima!